
Para cuando Hermione dejó de escribir, leyó su relato con paciencia… desmenuzándolo, tratando de hallar algo interesante entre líneas pero sólo se estrelló con necedades que no valían la pena. La joven, luego de diez intentos fallidos, barrió su escritorio de un manotón limpiando todo sobre ella, recriminándose a palabrotas que no debería llamarse escritora. Un tintero derramó su contenido sobre la alfombra y le importó un carajo. Letras viajaban por su mente sin poder ponerlas en orden, creyendo que todos los éxitos que había tenido en su corta vida de novelista no eran más que casualidades, trofeos a su inexistente soberbia que personas le reprochaban sin conocerla. Todo lo sintió insípido en medio de su apretada garganta.
La castaña se levantó de su silla para caminar por todo su estudio. Extraviada en sus pensamientos, se preguntaba en qué momento había dejado su vida de lado por vivir la de sus personajes, cuándo le había otorgado tanta prioridad a la ficción por sobre su realidad… ¿Acaso tenía miedo de vivir? ¿Acaso era más fácil gobernar sus historias que su propio destino? ¿Era más simple jugar a la escritora? No se dio el trabajo de buscar respuesta alguna. Resopló sonoramente mirando a través de su balcón hacia el jardín y para su fastidio, notó que un carruaje llegaba a la puerta principal siendo el que la llevaría hasta la convención de escritores donde hablaría de su última creación en día de San Valentín. No se sentía con la disposición de contestar estupideces, tonterías tales como la línea cronológica de su historia, en quién se había inspirado para crear al protagonista ni describir perfiles sicológicos bajo un punto de vista autocrítico, en resumen: “¡Sólo estupideces!”, bramó elevando el tono de su voz junto con su desprecio por esa maldita fecha empalagosa.
Para ella estaba muy claro en quién se había basado para crear al héroe en su reciente libro. Fue algo intrínseco y de igual manera inesperado. Acabó escribiendo sobre su mejor amigo. Con sus manos sobre la máquina de escribir, sus dedos bailaron sobre las teclas sin detenerse ni un segundo. Hermione tenía muy bien definida en su mente la imagen que quería proyectar y quién mejor que Harry, el moreno que poseía un valor incomparable. Se dio cuenta que aún sin verlo hacía unos años, no había olvidado ni una pizca de su esencia… lo seguía conociendo como a la palma de su mano. No tuvo problema en acentuar y suavizar su personalidad, adaptándola a la exquisita ficción que sólo ella sabía moldear como arcilla. No pudo evitar sonrojarse al recordar que ese protagonista se enamoraba de una joven muy parecida a ella. Un personaje al cual le había adjudicado su propia complejidad, su forma de desenvolverse en la vida y, aunque nunca le enorgullecía plasmarse en papel, necesitaba dejar salir ciertas cosas atrincheradas en su pecho a través de una boca ficticia. No había mejor disfraz, no había mejor método. Después de todo, ser escuchada en sus asuntos ya parecía ser cosa del pasado.
Nadie se había dado cuenta de ese detalle. Nadie se tomó la molestia de estudiar sus palabras con más detenimiento… estaba gritando que algo le pasaba, que amaba a Harry Potter y ni siquiera ella lo sabía. Cuando sus amigos leyeron su libro, ninguno preguntó más allá de… “¿Por qué no se queda con la chica al final de la historia?” Pregunta que Hermione prefería no responder.
- ¿Por qué no?- quiso saber Luna en una de sus tantas reuniones de café.
- Porque no quiero hablar de eso- le dijo la castaña bebiendo un nuevo sorbo desde su taza.
- Me parece triste- comentó Ginny, mirando el libro entre sus manos- prefiero los finales felices.
- Los finales felices no son finales en verdad… sólo son la puerta abierta a otros más reales- esa definición de Hermione las dejó dubitativas, compensando la repentina pausa con la llegada del mesero y el plato de galletas que habían ordenado…
No había mejores críticos que sus amigos, no había mejor honestidad que el desprendimiento de Luna, la puntualidad de Ginny, la simpleza de Ron y la intelectualidad de McGonagall, quien aún mantenía contacto con ella y esperaba con ansias cada nuevo libro de la mejor alumna que había tenido. Pero faltaba alguien, y mientras Hermione volvía a sentarse en su escritorio despejado, sintió el golpe de la añoranza como una bofetada de viento helado. Harry había dejado Inglaterra hacía ya unos cuatro años por mantenerse atareado en su labor de Auror. Esa necesidad de seguir salvando el planeta como un superhéroe, lo llevó a perseguir magos tenebrosos hasta tierras remotas sin dar muchas noticias sobre su bienestar. La joven quiso escuchar alguna crítica suya, algún punto de vista, alguna idea o impresión, confiando plenamente en su imparcialidad; pero sólo tenía un montón de cartas que no le envió jamás, recuerdos por docenas y unos personajes basados en ellos bajo los nombres de Vincent y Julianne… “Qué patética soy, Dios mío”, se dijo llevando sus manos al rostro…
“El tren resopló como un animal herido antes de iniciar su andar sobre los oxidados rieles. La lluvia sobre la estación acallaba un poco el traqueteo y limpiaba las lágrimas de los que se quedaban viendo a sus seres queridos alejarse metro a metro. Por la ventanilla, Vincent buscaba entre los presentes el rostro que había amado por tanto tiempo. Deseó verla en el andén, suplicándole quedarse y gritándole el amor que estaba convencido no había muerto en ella. Sin embargo, nada de eso pasó. Definitivamente no había llegado sintiendo cómo su pecho era atravesado por miles de estiletes. “Adiós, Julianne…”, susurró para sus adentros. El tren tomó velocidad, el humo envolvió el paisaje y junto a la exhalación con aroma a carbón, una chica de cabello castaño llegaba corriendo, viendo cómo los vagones se perdían en la curva… comprendiendo que ya era demasiado tarde…”
Perversamente, ese final en su libro no era tan diferente al que vivió con Harry el día que se marchó lejos de Inglaterra. La tarde que el ojiverde debía viajar, él y Hermione habían mantenido una discusión sobre su impetuosa decisión de irse luego de por fin haber conseguido paz después de la derrota de Voldemort. ¿Para qué seguir removiendo las cenizas? No obstante, no hubo forma de doblegarlo.
- Es una pena que no me apoyes- dijo finalmente el muchacho al tiempo que colgaba su bolso al hombro.
- ¿Cómo puedo apoyarte en algo que ya no tiene sentido? Es hora de que busques tu felicidad… los tiempos de guerra han terminado- refutó ella, resistiéndose a sus ganas de abrazarlo y obligarlo terminantemente a quedarse.
- Debo hacerlo… sólo vine a despedirme- Hermione frunció el ceño, ofendida por no preguntarle antes su opinión sobre todo aquello. Se suponía que eran los mejores amigos.
- No tenías que molestarte en venir. Veo que ya tienes todo resuelto, vete si es lo que quieres- no importaba lo que dijera, la decisión ya estaba tomada. Harry, al ver que la joven no agregaba nada más, se acercó para besarla tímidamente en la mejilla, caricia que nunca había sido iniciativa suya en lo que llevaban de amistad. Sus miradas al separarse, colisionaron en una expresión que jamás se habían conocido, produciendo tal incertidumbre que las apartaron con rapidez como si temieran perder el alma.
Luego de que el moreno se fuese para despedirse de la familia Weasley como última parada, Hermione caminaba por su apartamento como león enjaulado. Estaba tan enojada con él que luchaba entre sus deseos de mandarlo a la mierda, de despedirse de una mejor manera o de probar sus labios que por alguna razón se habían convertido en su musa inspiradora a la hora de escribir sobre un beso. En contra de su legendario orgullo, la castaña se abrigó con su capa sobre los hombros y salió por la puerta para abandonar el edificio. Al salir a la calle, se deleitó con el cielo de nubes encendidas. Con la mente sedienta de una verdadera escritora, absorbió toda esa belleza sintiendo que debía inmortalizar lo que estaba pasando. Capturaba cada instante separándolos por color, por textura, por aroma, dándoles una metáfora que las endulzara en un mundo a veces tan amargo. Tuvo la angustiante necesidad de detener a su mejor amigo y decir algo que compensara ese nefasto silencio vivido. Podía ser diestra con las palabras escritas pero un verdadero desastre cuando debía pronunciarlas… no entendía muy bien por qué le sucedía, era como si al oírse se embargara de vergüenza al exponer un trozo de sentimiento a oídos ajenos. Ridículo si se toma en cuenta que varias veces volcaba de sí misma en extensas páginas de sus libros.
Al Aparecer cerca de los jardines de La Madriguera, Hermione corrió hacia la casa reparando que no había nadie en su interior. Recorrió la sala y la cocina con su respiración agitada viendo a través de la ventana que estaban todos en la parte de atrás, mirando hacia el cielo melancólicamente. Salió de manera estrepitosa negándose a lo obvio… Harry ya había montado su Saeta y se había ido cortando el viento a su paso. Todos alzaron sus cejas al verla salir, sin entender la razón de su notoria excitación. La joven no quiso explicar nada, no tenía las ganas ni la entereza de hacerlo por lo que giró sobre sus talones para regresar a su apartamento, derrotada y confundida.
Esa despedida tan abrupta dejó un gusto terrible en su boca. Después de eso, Hermione se encerró por horas en su estudio a escribir sin planearlo. Fue entonces donde nacieron esos personajes y su maravilloso amor en tiempos de batalla y tensión. Una romántica historia de dos mejores amigos. Su tristeza se fue aplacando mientras escribía los capítulos, mientras formaba una realidad paralela, mientras acariciaba el recuerdo de Harry usando las manos de Julianne bajo sábanas imaginarias. Recorría al ojiverde con deleite cada vez que describía el sexo en su novela. Imaginaba el cuerpo de Vincent como el del moreno y no podía evitar sentir la sangre hirviendo en sus venas. Cada vez que narraba detalles de los movimientos, de las caricias, de los íntimos susurros y de los orgasmos apabullantes, detenía su escritura creyendo que el corazón le estallaría en el pecho. Hubo momentos en que se recriminó su desfachatada libertad de inventar esas escenas pensando en su amigo, cumpliendo sus más indecorosas fantasías utilizando sus dimensiones, su perfume, el timbre de su voz. Otra vez, recordó la pregunta que la perseguía…
- ¿Por qué no se queda con la chica al final de la historia?- le dijo un lector con ceño compungido. Hermione suspiró profundo.
- Júzgalo tú mismo- contestó simplemente. El aludido mostró una mirada insatisfecha.
- Triste final.
- Real- corrigió la castaña notando que su secreto anhelo era cambiarlo, que su historia con Harry hubiese sido diferente para haber escrito una novela más feliz como a muchos les gustaba.
Armándose de paciencia para oír esa pregunta nuevamente en la convención de escritores, vistió el mejor abrigo que tenía, rodeó su cuello con una gruesa bufanda y adoptó el más convincente aire profesional que pudo. Bajó para abordar el carruaje siendo ese traslado una buena idea de su editor. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de un trayecto al sonido de los cascos sobre el asfalto, del encanto del camino desplegado frente a ella con majestuosidad… gracias a ello, dejó su mente divagar sin límites.
Recordó los acontecimientos del último año como estudiantes de magia. Esa lejana noche donde Godric’s Hollow fue testigo de una visita simbólica a los padres de Harry, ambos sumidos al más completo silencio miraban los nombres de James y Lilly Potter grabados en esa tumba fría. Hermione supo que algo había cambiado entre ellos en ese preciso instante. Sus latidos tomaban otro ritmo cuando lo evocaba, sus ojos brillaban de otra manera al recrear ese abrazo inconsciente que se dieron y sonreía como ilusa sin poder evitarlo. Y dentro de ese carruaje no fue la excepción… ¿Cómo es posible que ese ojiverde del demonio se fundiera tanto en ella como para acaparar sus inspiraciones, su musa y su motivación?... Era su fantasma, su maldito fantasma entrelíneas.
* * * *
Harry caminaba por las calles de Copenhague de la mano de quien era su novia por casi un año. Era la primera vez para el moreno que mantenía una relación con alguien durante ese tiempo y podía decirse que estaba feliz… o por lo menos eso creía él. La había conocido poco después de haber arribado en Dinamarca y fue su cable a tierra en aquel país tan distinto al suyo. Por otro lado, en uno de sus bolsos de viaje, guardaba las escasas cartas que intercambiaba con sus amigos siendo esas páginas su gran consuelo a la ingrata soledad que atacaba cuando miraba el cielo sobre su cabeza. Sin embargo, cada vez que releía las de Hermione, su sangre se volvía vinagre. No eran cálidas como las que acostumbraba recibir de ella cuando era adolescente. Sabía que seguía furiosa con él por haberse marchado sin más y eso le pesaba sobre la espalda como un saco con piedras.
“Es bueno saber que estás bien…
Saludos, Hermione Granger”
Y nada más. Para Harry hubiese sido mil veces mejor no recibir nada en lo absoluto.
Luego de esos cuatro años de distancia, la amistad estaba en receso pero no terminada. El ojiverde deseaba con todas sus fuerzas volver a verlos a todos pero su determinada postura de hacer lo que creía correcto, lo mantenía arraigado a su convicción a cientos de kilómetros, persiguiendo magos como una manera de ganarse el sacrificio de aquellos que perecieron en la última lucha en Hogwarts.
Esa tarde, mientras paseaba por la extensa H.C. Andersens Boulevard admirando la belleza de la arquitectura y la gente, su novia se detuvo frente a la vitrina de una librería del lugar. El moreno, totalmente ausente por estar pensando otros asuntos, fue sorprendido al ver el nombre de su mejor amiga en un nuevo libro. No sabía que había publicado uno más y la típica sensación de ya no ser el primero en enterarse de todo en la vida de la castaña, lo fastidió. Entraron a la tienda con paso resuelto. Su novia se encerró en las novelas de misterio al tiempo que Harry cogía el escrito de Hermione entre sus manos mirando la portada con añoranza. Acarició el nombre de ella con el pulgar, impreso en finas letras plateadas y no dudó un segundo en comprarlo para leerlo en cuanto llegase a casa…
“Vincent se maravillaba con la suavidad de ese cabello ondulado. El inexplicable aroma de su sudor le resultaba simplemente exquisito y gobernaba sus pulmones aspirándolo a cabalidad. La sentó sobre él sintiendo el delicado gemido que liberó Julianne desde sus labios entreabiertos. Parecía irreal tenerla entre sus brazos, como si estuviese soñando pero con la ventaja del tacto sobre su piel caliente. Se refugió en sus senos tersos logrando que ella dijese incoherencias en cada lamida. Se estremeció brutalmente al oírla. La penetraba con mayor profundidad atrayéndola por las caderas, apretaba sus carnes firmes al sentir la caricia del placer por toda su columna vertebral. Sus miradas se encontraron entre la locura del sexo siendo motivo para la muchacha, quien ahogaba sus exclamaciones mordiendo sus labios, de perderse en ese océano verde que la azotó de pasión contenida por tantos años, pasión enfrascada en una amistad poderosa y a la vez tan ambigua.
- Huye conmigo- dijo Vincent entre suspiros.
- ¿Adónde?
- Al fin del mundo… te amo- Julianne, enloquecida de éxtasis, lo miró con temor antes de responder.
- Y yo a ti- aquellas palabras, detonaron una sacudida de placer que los hizo gemir al unísono…”
- ¿Qué lees?- le preguntó su novia recostada a su lado en la cama. Harry se sobresaltó al escucharla, comprendiendo que estaba completamente excitado. Cerró el libro de golpe perdiendo la página.
- Una novela que compré hoy- dijo otorgando indiferencia a su entonación.
Tenía la sangre alborotada, no podía creer que su mejor amiga lograse despertar en él un calor desconocido. Sabía que escribía de las mil maravillas, no era la primera obra que leía de su autoría pero… estaba absorto ante el hecho que se identificaba con el personaje al extremo de no poder dejar de pensar en Julianne como Hermione y sentir el deseo de tenerla allí mismo, en esa cama, esa noche, y recorrerla pacientemente por cada rincón de su cuerpo. Cerró los ojos besando a su novia de manera necesitada. Con el recuerdo vivo de ese capítulo, la recostó sobre el colchón intentando visualizar en ella a la castaña, sus curvas, sus jadeos, y reparó que todo lo hallaba mucho más emocionante. Esa noche, hizo el amor con los ojos apretados engañando a su novia mentalmente.
Al otro día, Harry se sentía un poco avergonzado con lo sucedido. Se sentía sacrílego al violar el recuerdo de su mejor amiga… tal vez Vincent y Julianne no estaban inspirados en ellos, tal vez esos personajes eran ficticios solamente y el ojiverde desvariaba por la sencilla razón de extrañarla mucho. No obstante, no pudo soltar la novela hasta que la acabó, cerrándola acongojado. No tenía un final de cuentos de hadas y eso lo entristeció. Quiso reescribir el final, hacer que el tren se detuviese por una falla mecánica, que la lluvia hubiese sido un impedimento para el maquinista, que por arrepentimiento bajase del tren o que Hermione hubiese sido más veloz al llegar… “Un momento… ¿Hermione?, no… Julianne”, se corrigió. Se puso en el lugar del protagonista sin quererlo y comprendió que poseían la misma personalidad. Cayó en un pozo de dudas, cuestionándose línea a línea lo que la escritora intentaba decir con ellas. Cerró sus ojos un momento, visualizó aquella candente escena y no pudo más que sonreír satisfecho. No había mayor perfección o sentido que verse con Hermione retozando, fatigados de amor y deseo. Se convenció que la castaña estaba utilizándolos como lienzo para sus trazas de pintura. Esa conclusión fue un increíble despertar.
* * * *
La cantidad de personas en la sala la agobió de inmediato. No quería estar sentada en una mesa con decenas de críticos, reporteros y lectores alzando sus manos para que ella les cediera la palabra y oír sus impresiones. Explicar una historia que nació gracias a un súbito destello, era tan imposible como explicar la emoción o el sueño de un ciego. ¿Por qué volver pragmático un punto ilusorio? ¿Por qué definir fronteras en un amor el cual ruega no tenerlas? De pronto, sintió lastima de ella misma. Sentada allí, rodeada de personas que quizás no desentrañan significados, sino que sólo quieren se les sean entregados en bandejas en plata. Servidos y listos. Ésa no era su idea de una buena lectura. Sintió lastima al tener que hartar sus ansias por medio de su fértil imaginación, buscando virtudes como una hambrienta, diciendo cosas escondida detrás de otra personalidad, amando a alguien por medio de un personaje… la única forma de poder tocar a Harry sin tenerlo.
Cuando los lectores hicieron una larga fila para que Hermione les firmara la primera hoja, la castaña lo hizo con cierta desazón y falsas atenciones. Necesitaba tanto un rostro amigo en esos momentos que a todos a su alrededor los veía bajo una cortina nebulosa; no reconocía a nadie, no distinguía gestos ni cualidades. Ella sólo sonreía detestando cada vez más la portada de su novela. Sin embargo, justo en el minuto en que creyó que olvidaría su autógrafo después de tanto repetirlo, alguien depositó frente a ella su libro y dijo un nombre que la sacó de la monotonía con balde de agua fría.
- ¿A quién se lo dedico?- preguntó sin mirarlo.
- A Harry Potter- la joven dejó la pluma suspendida en el aire con la mano temblorosa. Alzó sus preciosos ojos miel y sin creerlo, su mejor amigo estaba del otro lado de la mesa, mezclado también entre la muchedumbre con su libro esperando ser autografiado. Ella no supo qué decir. Con la boca seca y la vista desorbitada, se puso de pie sin poder siquiera sonreír ante la hermosa sorpresa de tenerlo enfrente. Se quedaron mirando por un largo rato antes de poder agregar algo más a tan corto diálogo.
- ¿Qué…?
- No podía perderme el privilegio de obtener la firma de la famosa Hermione J. Granger- le interrumpió el moreno provocando que la muchacha sintiera sus mejillas arder. Los integrantes de la fila de lectores ya perdían la paciencia por la tardanza y ella se hizo a un lado para continuar firmando. Harry no se movió un centímetro- En tu historia… ¿Vincent… soy yo?- la aludida no quiso ni mirarlo.
- Vincent es un personaje ficticio- mintió a la defensiva.
- ¿Basado en mí?- las personas cercanas a la platica, se quedaron expectantes ante lo que estaban escuchando. La castaña se inquietó tanto, que soltó la pluma, rodeó la extensa mesa y abandonó la sala entre cuchicheos de la gente y seguida de cerca por el ojiverde.
Por poco desaparece sola si no fuera porque Harry la cogió de la muñeca un segundo antes de cumplirlo. Simultáneamente, los trasladó a ambos hasta la puerta de su apartamento sin intención, sorprendiéndose de verlo a su lado se zafó de él al instante. Se sentía descubierta, como una niñita ingenua a la que le habían leído su diario de vida, que había fantaseado con el hecho de que el héroe se enamoraba de ella y no pudo más que bajar la mirada totalmente vulnerable. Había descubierto que amaba a su mejor amigo en el momento en que lo plasmó en aquellas hojas.
Harry no sabía cómo abordar el tema, esa situación era nueva para él… ¡Bendita sea la librería de Copenhague! En su mano tenía el libro de la castaña aferrado como si fuese su vida y tragó saliva. Todo parecía surrealista, todo parecía estar entre el confuso umbral de lo ficticio y lo verdadero.
- Yo soy el protagonista ¿verdad?- habló con seguridad- Y tú eres Julianne…- Hermione negó con la cabeza sabiendo que era inútil, él lo había descifrado y no tenía salida.
- ¡Ya te dije que son personajes ficticios!- porfió una vez más para después entrar a su apartamento seguida por el muchacho insistente.
Habían pasado cuatro años, cuatro años que la chica sintió como cuatro largas décadas, pero reparó que al verlo de nuevo esa sensación cambió a que sólo fueron cuatro segundos. Seguía igual, despeinado, esbelto, y se perdió en el verde de su mirada ansiosa. ¿Cómo pudieron quinientas páginas deshilvanar en su interior un amor que latía quinientas veces más rápido? Tenía miedo de que el efecto de esas letras, desencadenara en Harry una reacción contraria. No quería averiguarlo, aún estaba enfadada por haberse ido lejos de ella por tanto tiempo. Tras un movimiento rápido, Hermione le quitó el libro y con una pluma que hizo aparecer en su mano, firmó la primera hoja con determinación. Lo cerró para después devolvérselo, endurecida como roca.
- Allí tienes… para eso volviste, ¿no? Ya está.
- Me encantó tu novela- dijo recibiendo el texto de vuelta y la castaña creyó que sus rodillas no soportarían su peso después de esa revelación.
- Gracias- fue lo único que pudo decir- Si eso es todo…- tomó el pómulo de la puerta indicando que saliera por donde había entrado. Harry volvió a cerrarla despacio mirándola de cerca.
- ¿Por qué no me dijiste nada?
- No hay nada qué decir- el moreno sonrió anchamente al oírla. Ésa era su Hermione… terca hasta la médula. La chica titubeó- Digo… eso ya no importa.
- Importa porque lo que te pasó a ti al escribirlo… me sucedió a mí al leerlo- sentenció Harry mirando la portada de la novela en su mano. La joven movió los labios pero no logró decir nada- Sólo tengo una pregunta…- el ambiente se llenó de expectativa gracias al previo silencio- ¿Por qué no se queda con la chica al final de la historia?- Hermione sintió como si fuese la primera vez que le preguntaban eso y dejó caer sus hombros pareciendo una chiquilla en aprietos.
- Porque los finales felices no existen. Entre Vincent y Julianne nunca podría resultar.
- ¿No crees en los finales felices? ¿Ni siquiera en día de San Valentín?- la respuesta a ese par de preguntas fue una risa irónica que la muchacha no pudo contener. ¿Acaso era muy importante que pensara en finales rosados para esa fecha?
- ¿Eres el representante de Cupido?- dijo con desdén- ¿Desde cuándo te preocupa lo que piense sobre ello? Si quieres que escriba sobre abrazos, besos y “vivieron felices por siempre”… deberías sentarte con los reporteros y críticos para tratar de hundir mi novela con preguntas insoportables. La respuesta sigue siendo: No se queda con la chica porque no resultaría.
- Eso no lo sabes- le rebatió Harry y sin aguantar ni un segundo más, se acercó a ella decididamente, la atrajo por el cuello y encerró su boca en un beso fulminante que casi la derriba.
La joven, con cierta torpeza, se propuso alejarlo pero se desobedeció completamente. Lo rodeó con sus brazos en un movimiento instintivo apostando su vida a que no lo soltaría por nada del mundo. Harry la desvistió por capítulos, por escenas, por diálogos que recordaba y repetía en cada beso depositado en esa piel estremecida. Cayeron enredados en el sofá mientras que Hermione lo ayudaba a invadirla sin prisa. Al sentirlo dentro no pudo encontrar adjetivos ni reglas gramaticales que pudiesen describirlo. Era sencillamente perfecto, el roce adecuado y el ritmo constante que logró arrancarle roncos gemidos. De pronto, Harry la sentó sobre él como sus personajes lo hicieron en una de sus escenas escritas. La castaña lo supo y sonrió mirando a su mejor amigo con un dejo de halago en sus ojos. El joven comenzó a recitar las palabras dichas por Vincent al tiempo que la castaña le respondía en papel de Julianne. Inventaron un nuevo episodio entre sudores, entre el cosquilleo emergente de sus vientres y el calor que fulminaba la triste idea de finales infelices. Hermione enterraba sus uñas en el cuello del ojiverde, aumentando la velocidad en su regazo, produciendo los ahogados suspiros de Harry y la oleada de orgasmo que le hizo arquear la espalda impensadamente.
- Huye conmigo- citó Harry.
- ¿Adónde?
- Al fin del mundo… te amo- Hermione quiso seguir el texto pero la mirada del muchacho la hizo sentir desconcertada. El moreno repitió con mayor firmeza- Te amo.
- ¿Continuas recitando?- el aludido negó con la cabeza e insistió.
- Te amo, Hermione- ella sonrió sin poder creerlo.
- También yo a ti, Harry- Quedaron abrazados por largo rato, como si pensaran las palabras que dirían después o ensayaran las expresiones en sus rostros luego de tan íntimo momento. Se recostaron y el joven la rodeó por la cintura cogiendo el libro tirado en la alfombra. Lo elevó a la altura de sus ojos admirando el diseño de la portada en silencio.
- ¿Crees que pueda quedarse con la chica al final de la historia? ¿Puede existir un final feliz en San Valentín?- esa pregunta causó una divertida risa de la joven escritora y se volvió a él para besarlo brevemente.
- Tendremos que escribirlo otra vez- contestó, encerrándolo entre sus brazos sintiendo que ya había sido demasiado descanso.
.*.FiN.*.
No hay comentarios:
Publicar un comentario