martes, 26 de abril de 2011

Tenía que besarla


Tenía que besarla, tenía que hacerlo o mis labios se hubieran convertido en hielo. Recuerdo que discutimos, recuerdo que temí dolorosamente haberla perdido. Los rayos de los magos tenebrosos viajaron de un lado a otro, sin orden, sin dirección ni consideraciones. Vi un hechizo cruzar el escampado y dar contra Hermione de lleno en el pecho. Mandé todo al carajo, hasta mi propia seguridad, e impulsivamente salí de mi refugio. Corrí hacia ella para asistirla, para saberla bien. Los metros que nos separaban se convirtieron en extensos continentes y los consumí como un loco. Escuché a Ojoloco llamarme a voz en cuello pero no le obedecí, ni siquiera vacilé. Sorteando obstáculos que sólo eran manchas borrosas en mi camino, llegué hasta donde estaba tendida mi mejor amiga. La tomé de su cintura para levantarla con fuerza y apartarla rápidamente del fuego cruzado. Una vez ocultos tras unos gruesos árboles y cubiertos por la espesa penumbra de la noche, Hermione recuperó un poco su estabilidad y me empujó, molesta y violenta.

-¿¡Por qué te expones así, Harry!?- me gritó con lágrimas en los ojos.- ¡Eres nuestra única esperanza para que todo esto termine! ¡Eres el más importante de todos! ¡Debiste dejarme allí! ¡Protegerte tú!

-¿¡Cómo puedes decirme eso!?- le espeté, temblando de pies a cabeza.- ¡La única importante aquí eres tú! ¡No soy nada si no estás conmigo!- Hermione renegó enérgicamente mi afirmación y volvió a empujarme. Nos quedamos mirando por terribles segundos sin decirnos nada, desafiándonos en silencio. El miedo que sentía en mi corazón la vi muy bien reflejada en sus ojos ambarinos. Ella apretaba sus dientes, rumiando de impotencia y dolor. El golpe del hechizo la dejó débil, maltrecha. Aclaró su garganta para responderme.

-No quiero ser la razón de que todo nuestro esfuerzo por cuidarte se vaya al carajo… - ante sus palabras tragué saliva sintiéndome un maldita moneda de oro. Fue ahí donde la urgencia por besarla me volvió imprudente, ansioso. Su entrega y sacrificio me golpearon el pecho, todo lo que creía resuelto se enredó como bola de estambre. Resté la distancia entre nosotros y la asalté con un beso que me desordenó las ideas. Ella, sorprendida, tardó en reaccionar hasta que me dejó conocerla bajo el abrigo de esa caricia tan íntima, tan trascendental entre dos amigos. La batalla de hechizos que se tranzaba a unos cuántos metros de nosotros no nos importó. No quería abandonar sus labios. Saber que la tenía entre mis brazos me reactivó la seguridad y me creí invencible. Al separarnos ella sollozó y yo acuné su rostro entre mis manos.

-¿No te das cuenta que no hay nadie que me cuide como tú?- le hice entender y Hermione por fin me regaló una sonrisa al escucharme. Con eso me esclavizó el alma para siempre. Dándonos un último beso como apoyo y estímulo, volvimos a empuñar nuestras varitas para luchar juntos, hombro con hombro, tal como siempre lo habíamos hecho.

jueves, 7 de abril de 2011

El regalo perfecto


(Dedicado a Elizabeth Román, una fan Harmony que hoy cumple añitos)




“He caminado por laberintos extensos buscándote,

Mas sólo encuentro soledad y mi voz convertida en un eco aterrador.

Querrías caminar conmigo como dos vigilantes del ocaso?

Despertar entre los pétalos de mis brazos y ser mi eterna primavera?

Podrías? Y con ello viajar conmigo lejos del mundo de nuevo?”


“Que tu fuego no lo apaguen otros vientos.

Que tu sonrisa no sea opacada por llantos de amores secos.

Si hablara de ti mi garganta sentiría el sabor dulce de lo perfecto,

Conocería el bello sonido de tu nombre una y otra vez

No como el mío sacrílego, enredado entre estas líneas,

Comienza mudo pero en tu voz resuena cual canto embriagante de sirenas.”


Hermione releyó aquel poema más de diez veces y con la agudeza de un arqueólogo. Algo le soplaba que esas oraciones decían más de lo que quería transmitir, algo ocultaban, como un mapa del tesoro en tierras lejanas. En el escenario romántico de un restaurante de lujo en Londres, la castaña mantenía secreto ese obsequio de cumpleaños recibido de algún admirador secreto en la puerta de su apartamento. No debía saberlo Víktor, recién estaban reactivando una vieja atracción del pasado por lo que no era recomendable provocarle celos, recién lo estaba conociendo y no quería problemas tan temprano. El famoso jugador se había levantado de la mesa unos segundos para dirigirse al baño y durante esos escasos minutos, Hermione extrajo el pedazo de pergamino de su bolso una vez más para estudiarlo. La curiosidad la corroía, no podía comer tranquila. El hecho de que fueran palabras románticas le obstaculizaba su razonamiento lógico, estaba pensando con las emociones no con la cabeza bien puesta sobre sus hombros. Siempre se consideró una mujer vacunada contra la infección de cupidos, corazones flechados y regalos perfectos, sin embargo, allí estaba, distraída en la cena por culpa de un admirador que le hacía volar la imaginación. Nunca nadie le había escrito algo tan significativo. ¿Qué le diría su mejor amigo al verla ilusionada como una niña pequeña? Harry la conocía como nadie, de seguro se extrañaría sobremanera o ahogaría una risa tremenda. De pronto, al pensar en el moreno su ceño se frunció automáticamente. Todavía con el pedazo de papel frente a ella, sus ojos viajaron hacia unas palabras determinadas, uniendo, descifrando… y su estómago se contrajo de golpe al descubrirlo. ¿Será posible?, se dijo en voz baja. Leyó parte por parte con mayor atención para poder convencerse. Tragó saliva reparando que su boca estaba por completo seca. Víktor volvió a la mesa, se sentó y la miró unos segundos.

- ¿Qué sucede? ¿Qué estás leyendo?- le preguntó. Hermione se apresuró su copa de vino blanco terminándosela de un solo trago.

- Debo irme- dijo de repente dejando al búlgaro totalmente descolocado.

- ¿Hablas en serio? ¿Adónde vas?

- Tengo que averiguar algo, lo siento- respondió de manera evasiva y cogió su bolso para salir del restaurante como alma que se lleva el diablo.

Sólo un lugar tenía fijo en su mente por lo que buscó la privacidad de un callejón y se concentró lo suficiente como para Aparecerse frente al número doce de Grimmauld Place. Una vez allí, a un paso de la puerta, golpeó tres veces con su puño firme y apretado. No sabía muy bien cómo comenzar a hablar, temblaba de pies a cabeza debido a la anticipación y la sorpresa. Sólo quería tener a su mejor amigo enfrente para confirmar que no se había equivocado. El apremio la volvió ansiosa. Luego de unos segundos, Harry abrió sin disimular su asombro de verla sobre el umbral. Suponía que estaba cenando con Víktor, en su intrincado inicio de romance después de tanta espera. Sin embargo, la joven ingresó al inmueble empujándolo con una mano en el pecho y cerrar la puerta tras de sí. Aquello lo desconcertó y tragó saliva sin saber qué era lo que pretendía. Al interior de la mansión, Hermione se plantó delante de él con los brazos cruzados, su rostro exigía explicaciones sin necesidad de pedirlas. Harry no pudo evitar la estupefacta expresión en su ceño, se sentía casi invadido por su mejor amiga debido a su intromisión tan brusca. Ella alzó sus cejas y decidió terminar con la pausa expectante.

- Ahora entiendo…- dijo como si estuviera pensando en voz alta. El moreno meneó la cabeza esperando mayor claridad.

- ¿Qué es lo que pasa, Hermione?- preguntó Harry- ¿De qué estás hablando?

- Ahora entiendo por qué me topé contigo en la librería Florish y Blotts del Callejón Diagon el otro día- contestó pero aún bajo una entonación pensativa, hablando más consigo misma. La joven se mordió el labio inferior recorriendo las imágenes en su mente a una velocidad vertiginosa. El ojiverde, por otra parte, agudizó su mirada hacia ella tratando de interpretar cada expresión en su cara. - Estabas averiguando sobre lírica, ¿cierto?

- No sé a qué te refieres.

- El libro que sacaste, era sobre poesía- Harry no quiso delatar en sus gestos que sabía exactamente de lo que estaba hablando. No supo por qué nació de él ese atrevimiento de dejar un regalo sin nombre en la puerta de su casa, dejarle una pista escondida y esperar que no se diera cuenta de nada. Hermione era muy difícil de engañar gracias a su agudeza e inteligencia. De hecho, durante un segundo, la castaña desvió su mirada hacia una mesita a un costado divisando el texto al cual se refería. Harry se apresuró en cogerlo antes que ella.

- ¿No deberías estar cenando con tu novio en vez de preocuparte sobre mi lectura?- le espetó. Hermione, al oírlo, enarcó una ceja de tal manera que el moreno se sintió de pronto como un niño regañado.

- ¿Y tú no deberías comportarte maduramente y decirme que este poema lo escribiste para mí?- para acompañar su afirmación, Hermione extrajo el pergamino de su bolso para enseñárselo. Harry dejó caer sus hombros y el valor que tuvo para redactarlo se esfumó inmediatamente ante su penetrante mirada. Sin intenciones de mentirle, porque sabía que era inútil, no hizo más que asentir con sus mejillas arreboladas.

- No hay manera de despistarte, ¿verdad?- fue lo único que el moreno pudo decir. La joven lo miró como si la hubiera ofendido con el peor de los calificativos. Con un movimiento grácil de su varita, Hermione elevó el pergamino para ubicarlo frente a ellos y concentradamente, apuntó ciertas letras en cada línea del escrito. Una a una fueron iluminándose para formar dos claras palabras diagonalmente ocultas en los párrafos:

He caminado por laberintos extensos buscándote,

MAs sólo encuentro soledad y mi voz convertida en un eco aterrador.

QueRrías caminar conmigo como dos vigilantes del ocaso?

DespeRtar entre los pétalos de mis brazos y ser mi eterna primavera?

Podrías? Y con ello viajar conmigo lejos del mundo de nuevo?

Que tu fuego no lo aPaguen otros vientos.

Que tu sonrisa no sea Opacada por llantos de amores secos.

Si hablara de ti mi garganTa sentiría el sabor dulce de lo perfecto,

Conocería el bello sonido de Tu nombre una y otra vez

No como el mío sacrílego, enrEdado entre estas líneas,

Comienza mudo pero en tu voz Resuena cual canto embriagante de sirenas.

Harry soltó una risa nerviosa. Quedó más que claro para él que no se podía engañar a esa mujer. Había escrito ese texto como un pobre idiota enamorado de su mejor amiga pero temeroso en decírselo a la cara. La idea de que Hermione saliera nuevamente con Víktor le había despertado unos celos que jamás imaginó posibles en él, recordó a Ron celoso en tiempos de Hogwarts gracias a ese búlgaro pero no a él. Mantuvo ese secreto lo más que pudo hasta que se le ocurrió hacerle un regalo perfecto, un escrito que revelara más de lo que decía realmente. No obstante, había pasado por alto que con Hermione eso era un asunto casi imposible.

- A mí no me venga con acertijos, señor Potter- comentó Hermione dejando a un lado el papel sobre el sofá.- ¿”No como el mío sacrílego, enredado entre estas líneas”? – citó volviéndolo más obvio todavía. Harry rió nuevamente.

- ¿Qué puedo decir? Aún mantengo la esperanza de algún día poder sorprenderte.- ella guardó silencio unos segundos.

- Ya lo has hecho…- le contestó acercándose a él para abrazarlo.

- ¿Y qué pasó con tu cita?- preguntó Harry casi murmurando. Hermione se separó un poco de él para mirarlo de frente.

- Algo más importante se presentó- y con eso, se atrevió a besarlo por primera vez.


.*.FiN.*.

lunes, 21 de marzo de 2011

Demasiado tarde

-¿Por qué mierda no me miras?, ¿Por qué mierda ya no me abrazas?

-¡Porque ya no eres sólo mi mejor amiga… eres la mujer que amo!- la joven al escucharlo, apretó sus labios demostrando que esa confesión había desmoronado todo en su interior.

-¿Por qué no me lo dijiste antes?

-¿Hubiera cambiado algo?

Silencio. Las palabras se consumieron como papel al fuego y sólo las miradas se hacían presentes casi a gritos. Harry tenía a Hermione enfrente, a sólo un paso que evitó restar por miedo. Bajo el techo de esa casa, una tensión casi visible como la niebla circulaba entre ambos amigos de toda la vida. En el último año se habían distanciado demasiado y ya la situación se había vuelto insostenible. El moreno temblaba, él jamás había sido así de directo con nadie antes y la castaña, sentía un torrente de lágrimas en camino hacia sus ojos. No podía pensar, no podía siquiera respirar debido a sus pulmones aplastados por la congoja. Avanzó un poco hacia Harry pero el joven reculó de inmediato. Esa reacción provocó en ella un estallido de terror, terror a perderlo para siempre.

De pie entre juguetes, desorden y con una responsabilidad que les soplaba la nuca, los jóvenes decidieron olvidar por un minuto quiénes eran y dónde se encontraban… se abrazaron buscando sus bocas dolorosamente. Ese reconocimiento fue letal, como recibir los aguijones de las malas decisiones bajo las uñas. Harry no esperaba tener a esa mujer tan cerca de su cuerpo, sintiendo su calor contra su pecho, sus labios acaparando los suyos como arma mortal de sus ansias. Su corazón latía tan fuerte que se asemejaba al golpeteo de profundos tambores y lo volvió sordo. El sabor de sus lenguas tenía toques de culpa pero también de emoción al conocer un sentimiento contradictorio y peligroso. Todo se veía borroso. Lentamente las manos del ojiverde subieron hasta acunar el rostro de su mejor amiga dimensionando sus facciones. La halló tan perfecta bajo una luz diferente que creyó perder un poco de su cordura. Estaba besando a Hermione, la estaba besando y tuvo todas las intenciones de empujarla al sofá para hacerle el amor, pero tuvo que contenerse, recordar dónde estaba y cuál era su lugar, cuál era su papel. Por otro lado, Hermione no le facilitaba las cosas, lo mantuvo aferrado a ella casi magnéticamente. Él, haciendo uso de todas sus facultades, se desprendió de su boca y se apartó de golpe.

-Será mejor que me vaya.- zanjó. La castaña al oírlo, negó con la cabeza. No supo si retenerlo o dejarlo ir.

-¿Por qué tuviste que decírmelo ahora, Harry?

-Ya no podía con el alma, perdóname.- ¿Qué debo perdonar?, pensó ella. En ese preciso momento, mientras que sus respiraciones aún no lograban regularizarse, el llanto de Rose en el segundo piso los interrumpió sacándolos de su universo paralelo. Hermione cerró por un instante sus ojos y volvió a mirarlo. Harry retrocedió hacia la chimenea sintiendo el regreso de la realidad como un balazo.- Ve. Tu hija debe tener hambre… y además Ron debe estar por regresar.- el moreno dio media vuelta y se internó en el recoveco de la chimenea para perderse entre el fuego verde. La joven madre se quedó mirando unos segundos las cenizas y luego subió las escaleras sintiendo que sus rodillas no podrían aguantar por mucho tiempo su propio peso.

- Ya voy, Rosie- dijo tras un sollozo.



jueves, 10 de marzo de 2011

Jugando a la escritora


Jugando a la escritora


Para cuando Hermione dejó de escribir, leyó su relato con paciencia… desmenuzándolo, tratando de hallar algo interesante entre líneas pero sólo se estrelló con necedades que no valían la pena. La joven, luego de diez intentos fallidos, barrió su escritorio de un manotón limpiando todo sobre ella, recriminándose a palabrotas que no debería llamarse escritora. Un tintero derramó su contenido sobre la alfombra y le importó un carajo. Letras viajaban por su mente sin poder ponerlas en orden, creyendo que todos los éxitos que había tenido en su corta vida de novelista no eran más que casualidades, trofeos a su inexistente soberbia que personas le reprochaban sin conocerla. Todo lo sintió insípido en medio de su apretada garganta.

La castaña se levantó de su silla para caminar por todo su estudio. Extraviada en sus pensamientos, se preguntaba en qué momento había dejado su vida de lado por vivir la de sus personajes, cuándo le había otorgado tanta prioridad a la ficción por sobre su realidad… ¿Acaso tenía miedo de vivir? ¿Acaso era más fácil gobernar sus historias que su propio destino? ¿Era más simple jugar a la escritora? No se dio el trabajo de buscar respuesta alguna. Resopló sonoramente mirando a través de su balcón hacia el jardín y para su fastidio, notó que un carruaje llegaba a la puerta principal siendo el que la llevaría hasta la convención de escritores donde hablaría de su última creación en día de San Valentín. No se sentía con la disposición de contestar estupideces, tonterías tales como la línea cronológica de su historia, en quién se había inspirado para crear al protagonista ni describir perfiles sicológicos bajo un punto de vista autocrítico, en resumen: “¡Sólo estupideces!”, bramó elevando el tono de su voz junto con su desprecio por esa maldita fecha empalagosa.

Para ella estaba muy claro en quién se había basado para crear al héroe en su reciente libro. Fue algo intrínseco y de igual manera inesperado. Acabó escribiendo sobre su mejor amigo. Con sus manos sobre la máquina de escribir, sus dedos bailaron sobre las teclas sin detenerse ni un segundo. Hermione tenía muy bien definida en su mente la imagen que quería proyectar y quién mejor que Harry, el moreno que poseía un valor incomparable. Se dio cuenta que aún sin verlo hacía unos años, no había olvidado ni una pizca de su esencia… lo seguía conociendo como a la palma de su mano. No tuvo problema en acentuar y suavizar su personalidad, adaptándola a la exquisita ficción que sólo ella sabía moldear como arcilla. No pudo evitar sonrojarse al recordar que ese protagonista se enamoraba de una joven muy parecida a ella. Un personaje al cual le había adjudicado su propia complejidad, su forma de desenvolverse en la vida y, aunque nunca le enorgullecía plasmarse en papel, necesitaba dejar salir ciertas cosas atrincheradas en su pecho a través de una boca ficticia. No había mejor disfraz, no había mejor método. Después de todo, ser escuchada en sus asuntos ya parecía ser cosa del pasado.
Nadie se había dado cuenta de ese detalle. Nadie se tomó la molestia de estudiar sus palabras con más detenimiento… estaba gritando que algo le pasaba, que amaba a Harry Potter y ni siquiera ella lo sabía. Cuando sus amigos leyeron su libro, ninguno preguntó más allá de… “¿Por qué no se queda con la chica al final de la historia?” Pregunta que Hermione prefería no responder.

- ¿Por qué no?- quiso saber Luna en una de sus tantas reuniones de café.
- Porque no quiero hablar de eso- le dijo la castaña bebiendo un nuevo sorbo desde su taza.
- Me parece triste- comentó Ginny, mirando el libro entre sus manos- prefiero los finales felices.
- Los finales felices no son finales en verdad… sólo son la puerta abierta a otros más reales- esa definición de Hermione las dejó dubitativas, compensando la repentina pausa con la llegada del mesero y el plato de galletas que habían ordenado…


No había mejores críticos que sus amigos, no había mejor honestidad que el desprendimiento de Luna, la puntualidad de Ginny, la simpleza de Ron y la intelectualidad de McGonagall, quien aún mantenía contacto con ella y esperaba con ansias cada nuevo libro de la mejor alumna que había tenido. Pero faltaba alguien, y mientras Hermione volvía a sentarse en su escritorio despejado, sintió el golpe de la añoranza como una bofetada de viento helado. Harry había dejado Inglaterra hacía ya unos cuatro años por mantenerse atareado en su labor de Auror. Esa necesidad de seguir salvando el planeta como un superhéroe, lo llevó a perseguir magos tenebrosos hasta tierras remotas sin dar muchas noticias sobre su bienestar. La joven quiso escuchar alguna crítica suya, algún punto de vista, alguna idea o impresión, confiando plenamente en su imparcialidad; pero sólo tenía un montón de cartas que no le envió jamás, recuerdos por docenas y unos personajes basados en ellos bajo los nombres de Vincent y Julianne… “Qué patética soy, Dios mío”, se dijo llevando sus manos al rostro…

“El tren resopló como un animal herido antes de iniciar su andar sobre los oxidados rieles. La lluvia sobre la estación acallaba un poco el traqueteo y limpiaba las lágrimas de los que se quedaban viendo a sus seres queridos alejarse metro a metro. Por la ventanilla, Vincent buscaba entre los presentes el rostro que había amado por tanto tiempo. Deseó verla en el andén, suplicándole quedarse y gritándole el amor que estaba convencido no había muerto en ella. Sin embargo, nada de eso pasó. Definitivamente no había llegado sintiendo cómo su pecho era atravesado por miles de estiletes. “Adiós, Julianne…”, susurró para sus adentros. El tren tomó velocidad, el humo envolvió el paisaje y junto a la exhalación con aroma a carbón, una chica de cabello castaño llegaba corriendo, viendo cómo los vagones se perdían en la curva… comprendiendo que ya era demasiado tarde…”

Perversamente, ese final en su libro no era tan diferente al que vivió con Harry el día que se marchó lejos de Inglaterra. La tarde que el ojiverde debía viajar, él y Hermione habían mantenido una discusión sobre su impetuosa decisión de irse luego de por fin haber conseguido paz después de la derrota de Voldemort. ¿Para qué seguir removiendo las cenizas? No obstante, no hubo forma de doblegarlo.
- Es una pena que no me apoyes- dijo finalmente el muchacho al tiempo que colgaba su bolso al hombro.
- ¿Cómo puedo apoyarte en algo que ya no tiene sentido? Es hora de que busques tu felicidad… los tiempos de guerra han terminado- refutó ella, resistiéndose a sus ganas de abrazarlo y obligarlo terminantemente a quedarse.
- Debo hacerlo… sólo vine a despedirme- Hermione frunció el ceño, ofendida por no preguntarle antes su opinión sobre todo aquello. Se suponía que eran los mejores amigos.
- No tenías que molestarte en venir. Veo que ya tienes todo resuelto, vete si es lo que quieres- no importaba lo que dijera, la decisión ya estaba tomada. Harry, al ver que la joven no agregaba nada más, se acercó para besarla tímidamente en la mejilla, caricia que nunca había sido iniciativa suya en lo que llevaban de amistad. Sus miradas al separarse, colisionaron en una expresión que jamás se habían conocido, produciendo tal incertidumbre que las apartaron con rapidez como si temieran perder el alma.
Luego de que el moreno se fuese para despedirse de la familia Weasley como última parada, Hermione caminaba por su apartamento como león enjaulado. Estaba tan enojada con él que luchaba entre sus deseos de mandarlo a la mierda, de despedirse de una mejor manera o de probar sus labios que por alguna razón se habían convertido en su musa inspiradora a la hora de escribir sobre un beso. En contra de su legendario orgullo, la castaña se abrigó con su capa sobre los hombros y salió por la puerta para abandonar el edificio. Al salir a la calle, se deleitó con el cielo de nubes encendidas. Con la mente sedienta de una verdadera escritora, absorbió toda esa belleza sintiendo que debía inmortalizar lo que estaba pasando. Capturaba cada instante separándolos por color, por textura, por aroma, dándoles una metáfora que las endulzara en un mundo a veces tan amargo. Tuvo la angustiante necesidad de detener a su mejor amigo y decir algo que compensara ese nefasto silencio vivido. Podía ser diestra con las palabras escritas pero un verdadero desastre cuando debía pronunciarlas… no entendía muy bien por qué le sucedía, era como si al oírse se embargara de vergüenza al exponer un trozo de sentimiento a oídos ajenos. Ridículo si se toma en cuenta que varias veces volcaba de sí misma en extensas páginas de sus libros.

Al Aparecer cerca de los jardines de La Madriguera, Hermione corrió hacia la casa reparando que no había nadie en su interior. Recorrió la sala y la cocina con su respiración agitada viendo a través de la ventana que estaban todos en la parte de atrás, mirando hacia el cielo melancólicamente. Salió de manera estrepitosa negándose a lo obvio… Harry ya había montado su Saeta y se había ido cortando el viento a su paso. Todos alzaron sus cejas al verla salir, sin entender la razón de su notoria excitación. La joven no quiso explicar nada, no tenía las ganas ni la entereza de hacerlo por lo que giró sobre sus talones para regresar a su apartamento, derrotada y confundida.

Esa despedida tan abrupta dejó un gusto terrible en su boca. Después de eso, Hermione se encerró por horas en su estudio a escribir sin planearlo. Fue entonces donde nacieron esos personajes y su maravilloso amor en tiempos de batalla y tensión. Una romántica historia de dos mejores amigos. Su tristeza se fue aplacando mientras escribía los capítulos, mientras formaba una realidad paralela, mientras acariciaba el recuerdo de Harry usando las manos de Julianne bajo sábanas imaginarias. Recorría al ojiverde con deleite cada vez que describía el sexo en su novela. Imaginaba el cuerpo de Vincent como el del moreno y no podía evitar sentir la sangre hirviendo en sus venas. Cada vez que narraba detalles de los movimientos, de las caricias, de los íntimos susurros y de los orgasmos apabullantes, detenía su escritura creyendo que el corazón le estallaría en el pecho. Hubo momentos en que se recriminó su desfachatada libertad de inventar esas escenas pensando en su amigo, cumpliendo sus más indecorosas fantasías utilizando sus dimensiones, su perfume, el timbre de su voz. Otra vez, recordó la pregunta que la perseguía…

- ¿Por qué no se queda con la chica al final de la historia?- le dijo un lector con ceño compungido. Hermione suspiró profundo.
- Júzgalo tú mismo- contestó simplemente. El aludido mostró una mirada insatisfecha.
- Triste final.
- Real- corrigió la castaña notando que su secreto anhelo era cambiarlo, que su historia con Harry hubiese sido diferente para haber escrito una novela más feliz como a muchos les gustaba.


Armándose de paciencia para oír esa pregunta nuevamente en la convención de escritores, vistió el mejor abrigo que tenía, rodeó su cuello con una gruesa bufanda y adoptó el más convincente aire profesional que pudo. Bajó para abordar el carruaje siendo ese traslado una buena idea de su editor. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de un trayecto al sonido de los cascos sobre el asfalto, del encanto del camino desplegado frente a ella con majestuosidad… gracias a ello, dejó su mente divagar sin límites.
Recordó los acontecimientos del último año como estudiantes de magia. Esa lejana noche donde Godric’s Hollow fue testigo de una visita simbólica a los padres de Harry, ambos sumidos al más completo silencio miraban los nombres de James y Lilly Potter grabados en esa tumba fría. Hermione supo que algo había cambiado entre ellos en ese preciso instante. Sus latidos tomaban otro ritmo cuando lo evocaba, sus ojos brillaban de otra manera al recrear ese abrazo inconsciente que se dieron y sonreía como ilusa sin poder evitarlo. Y dentro de ese carruaje no fue la excepción… ¿Cómo es posible que ese ojiverde del demonio se fundiera tanto en ella como para acaparar sus inspiraciones, su musa y su motivación?... Era su fantasma, su maldito fantasma entrelíneas.




* * * *




Harry caminaba por las calles de Copenhague de la mano de quien era su novia por casi un año. Era la primera vez para el moreno que mantenía una relación con alguien durante ese tiempo y podía decirse que estaba feliz… o por lo menos eso creía él. La había conocido poco después de haber arribado en Dinamarca y fue su cable a tierra en aquel país tan distinto al suyo. Por otro lado, en uno de sus bolsos de viaje, guardaba las escasas cartas que intercambiaba con sus amigos siendo esas páginas su gran consuelo a la ingrata soledad que atacaba cuando miraba el cielo sobre su cabeza. Sin embargo, cada vez que releía las de Hermione, su sangre se volvía vinagre. No eran cálidas como las que acostumbraba recibir de ella cuando era adolescente. Sabía que seguía furiosa con él por haberse marchado sin más y eso le pesaba sobre la espalda como un saco con piedras.

“Es bueno saber que estás bien…
Saludos, Hermione Granger”


Y nada más. Para Harry hubiese sido mil veces mejor no recibir nada en lo absoluto.
Luego de esos cuatro años de distancia, la amistad estaba en receso pero no terminada. El ojiverde deseaba con todas sus fuerzas volver a verlos a todos pero su determinada postura de hacer lo que creía correcto, lo mantenía arraigado a su convicción a cientos de kilómetros, persiguiendo magos como una manera de ganarse el sacrificio de aquellos que perecieron en la última lucha en Hogwarts.
Esa tarde, mientras paseaba por la extensa H.C. Andersens Boulevard admirando la belleza de la arquitectura y la gente, su novia se detuvo frente a la vitrina de una librería del lugar. El moreno, totalmente ausente por estar pensando otros asuntos, fue sorprendido al ver el nombre de su mejor amiga en un nuevo libro. No sabía que había publicado uno más y la típica sensación de ya no ser el primero en enterarse de todo en la vida de la castaña, lo fastidió. Entraron a la tienda con paso resuelto. Su novia se encerró en las novelas de misterio al tiempo que Harry cogía el escrito de Hermione entre sus manos mirando la portada con añoranza. Acarició el nombre de ella con el pulgar, impreso en finas letras plateadas y no dudó un segundo en comprarlo para leerlo en cuanto llegase a casa…


“Vincent se maravillaba con la suavidad de ese cabello ondulado. El inexplicable aroma de su sudor le resultaba simplemente exquisito y gobernaba sus pulmones aspirándolo a cabalidad. La sentó sobre él sintiendo el delicado gemido que liberó Julianne desde sus labios entreabiertos. Parecía irreal tenerla entre sus brazos, como si estuviese soñando pero con la ventaja del tacto sobre su piel caliente. Se refugió en sus senos tersos logrando que ella dijese incoherencias en cada lamida. Se estremeció brutalmente al oírla. La penetraba con mayor profundidad atrayéndola por las caderas, apretaba sus carnes firmes al sentir la caricia del placer por toda su columna vertebral. Sus miradas se encontraron entre la locura del sexo siendo motivo para la muchacha, quien ahogaba sus exclamaciones mordiendo sus labios, de perderse en ese océano verde que la azotó de pasión contenida por tantos años, pasión enfrascada en una amistad poderosa y a la vez tan ambigua.
- Huye conmigo- dijo Vincent entre suspiros.
- ¿Adónde?
- Al fin del mundo… te amo- Julianne, enloquecida de éxtasis, lo miró con temor antes de responder.
- Y yo a ti- aquellas palabras, detonaron una sacudida de placer que los hizo gemir al unísono…”



- ¿Qué lees?- le preguntó su novia recostada a su lado en la cama. Harry se sobresaltó al escucharla, comprendiendo que estaba completamente excitado. Cerró el libro de golpe perdiendo la página.
- Una novela que compré hoy- dijo otorgando indiferencia a su entonación.
Tenía la sangre alborotada, no podía creer que su mejor amiga lograse despertar en él un calor desconocido. Sabía que escribía de las mil maravillas, no era la primera obra que leía de su autoría pero… estaba absorto ante el hecho que se identificaba con el personaje al extremo de no poder dejar de pensar en Julianne como Hermione y sentir el deseo de tenerla allí mismo, en esa cama, esa noche, y recorrerla pacientemente por cada rincón de su cuerpo. Cerró los ojos besando a su novia de manera necesitada. Con el recuerdo vivo de ese capítulo, la recostó sobre el colchón intentando visualizar en ella a la castaña, sus curvas, sus jadeos, y reparó que todo lo hallaba mucho más emocionante. Esa noche, hizo el amor con los ojos apretados engañando a su novia mentalmente.
Al otro día, Harry se sentía un poco avergonzado con lo sucedido. Se sentía sacrílego al violar el recuerdo de su mejor amiga… tal vez Vincent y Julianne no estaban inspirados en ellos, tal vez esos personajes eran ficticios solamente y el ojiverde desvariaba por la sencilla razón de extrañarla mucho. No obstante, no pudo soltar la novela hasta que la acabó, cerrándola acongojado. No tenía un final de cuentos de hadas y eso lo entristeció. Quiso reescribir el final, hacer que el tren se detuviese por una falla mecánica, que la lluvia hubiese sido un impedimento para el maquinista, que por arrepentimiento bajase del tren o que Hermione hubiese sido más veloz al llegar… “Un momento… ¿Hermione?, no… Julianne”, se corrigió. Se puso en el lugar del protagonista sin quererlo y comprendió que poseían la misma personalidad. Cayó en un pozo de dudas, cuestionándose línea a línea lo que la escritora intentaba decir con ellas. Cerró sus ojos un momento, visualizó aquella candente escena y no pudo más que sonreír satisfecho. No había mayor perfección o sentido que verse con Hermione retozando, fatigados de amor y deseo. Se convenció que la castaña estaba utilizándolos como lienzo para sus trazas de pintura. Esa conclusión fue un increíble despertar.





* * * *






La cantidad de personas en la sala la agobió de inmediato. No quería estar sentada en una mesa con decenas de críticos, reporteros y lectores alzando sus manos para que ella les cediera la palabra y oír sus impresiones. Explicar una historia que nació gracias a un súbito destello, era tan imposible como explicar la emoción o el sueño de un ciego. ¿Por qué volver pragmático un punto ilusorio? ¿Por qué definir fronteras en un amor el cual ruega no tenerlas? De pronto, sintió lastima de ella misma. Sentada allí, rodeada de personas que quizás no desentrañan significados, sino que sólo quieren se les sean entregados en bandejas en plata. Servidos y listos. Ésa no era su idea de una buena lectura. Sintió lastima al tener que hartar sus ansias por medio de su fértil imaginación, buscando virtudes como una hambrienta, diciendo cosas escondida detrás de otra personalidad, amando a alguien por medio de un personaje… la única forma de poder tocar a Harry sin tenerlo.

Cuando los lectores hicieron una larga fila para que Hermione les firmara la primera hoja, la castaña lo hizo con cierta desazón y falsas atenciones. Necesitaba tanto un rostro amigo en esos momentos que a todos a su alrededor los veía bajo una cortina nebulosa; no reconocía a nadie, no distinguía gestos ni cualidades. Ella sólo sonreía detestando cada vez más la portada de su novela. Sin embargo, justo en el minuto en que creyó que olvidaría su autógrafo después de tanto repetirlo, alguien depositó frente a ella su libro y dijo un nombre que la sacó de la monotonía con balde de agua fría.
- ¿A quién se lo dedico?- preguntó sin mirarlo.
- A Harry Potter- la joven dejó la pluma suspendida en el aire con la mano temblorosa. Alzó sus preciosos ojos miel y sin creerlo, su mejor amigo estaba del otro lado de la mesa, mezclado también entre la muchedumbre con su libro esperando ser autografiado. Ella no supo qué decir. Con la boca seca y la vista desorbitada, se puso de pie sin poder siquiera sonreír ante la hermosa sorpresa de tenerlo enfrente. Se quedaron mirando por un largo rato antes de poder agregar algo más a tan corto diálogo.
- ¿Qué…?
- No podía perderme el privilegio de obtener la firma de la famosa Hermione J. Granger- le interrumpió el moreno provocando que la muchacha sintiera sus mejillas arder. Los integrantes de la fila de lectores ya perdían la paciencia por la tardanza y ella se hizo a un lado para continuar firmando. Harry no se movió un centímetro- En tu historia… ¿Vincent… soy yo?- la aludida no quiso ni mirarlo.
- Vincent es un personaje ficticio- mintió a la defensiva.
- ¿Basado en mí?- las personas cercanas a la platica, se quedaron expectantes ante lo que estaban escuchando. La castaña se inquietó tanto, que soltó la pluma, rodeó la extensa mesa y abandonó la sala entre cuchicheos de la gente y seguida de cerca por el ojiverde.

Por poco desaparece sola si no fuera porque Harry la cogió de la muñeca un segundo antes de cumplirlo. Simultáneamente, los trasladó a ambos hasta la puerta de su apartamento sin intención, sorprendiéndose de verlo a su lado se zafó de él al instante. Se sentía descubierta, como una niñita ingenua a la que le habían leído su diario de vida, que había fantaseado con el hecho de que el héroe se enamoraba de ella y no pudo más que bajar la mirada totalmente vulnerable. Había descubierto que amaba a su mejor amigo en el momento en que lo plasmó en aquellas hojas.
Harry no sabía cómo abordar el tema, esa situación era nueva para él… ¡Bendita sea la librería de Copenhague! En su mano tenía el libro de la castaña aferrado como si fuese su vida y tragó saliva. Todo parecía surrealista, todo parecía estar entre el confuso umbral de lo ficticio y lo verdadero.
- Yo soy el protagonista ¿verdad?- habló con seguridad- Y tú eres Julianne…- Hermione negó con la cabeza sabiendo que era inútil, él lo había descifrado y no tenía salida.
- ¡Ya te dije que son personajes ficticios!- porfió una vez más para después entrar a su apartamento seguida por el muchacho insistente.
Habían pasado cuatro años, cuatro años que la chica sintió como cuatro largas décadas, pero reparó que al verlo de nuevo esa sensación cambió a que sólo fueron cuatro segundos. Seguía igual, despeinado, esbelto, y se perdió en el verde de su mirada ansiosa. ¿Cómo pudieron quinientas páginas deshilvanar en su interior un amor que latía quinientas veces más rápido? Tenía miedo de que el efecto de esas letras, desencadenara en Harry una reacción contraria. No quería averiguarlo, aún estaba enfadada por haberse ido lejos de ella por tanto tiempo. Tras un movimiento rápido, Hermione le quitó el libro y con una pluma que hizo aparecer en su mano, firmó la primera hoja con determinación. Lo cerró para después devolvérselo, endurecida como roca.
- Allí tienes… para eso volviste, ¿no? Ya está.
- Me encantó tu novela- dijo recibiendo el texto de vuelta y la castaña creyó que sus rodillas no soportarían su peso después de esa revelación.
- Gracias- fue lo único que pudo decir- Si eso es todo…- tomó el pómulo de la puerta indicando que saliera por donde había entrado. Harry volvió a cerrarla despacio mirándola de cerca.
- ¿Por qué no me dijiste nada?
- No hay nada qué decir- el moreno sonrió anchamente al oírla. Ésa era su Hermione… terca hasta la médula. La chica titubeó- Digo… eso ya no importa.
- Importa porque lo que te pasó a ti al escribirlo… me sucedió a mí al leerlo- sentenció Harry mirando la portada de la novela en su mano. La joven movió los labios pero no logró decir nada- Sólo tengo una pregunta…- el ambiente se llenó de expectativa gracias al previo silencio- ¿Por qué no se queda con la chica al final de la historia?- Hermione sintió como si fuese la primera vez que le preguntaban eso y dejó caer sus hombros pareciendo una chiquilla en aprietos.
- Porque los finales felices no existen. Entre Vincent y Julianne nunca podría resultar.
- ¿No crees en los finales felices? ¿Ni siquiera en día de San Valentín?- la respuesta a ese par de preguntas fue una risa irónica que la muchacha no pudo contener. ¿Acaso era muy importante que pensara en finales rosados para esa fecha?
- ¿Eres el representante de Cupido?- dijo con desdén- ¿Desde cuándo te preocupa lo que piense sobre ello? Si quieres que escriba sobre abrazos, besos y “vivieron felices por siempre”… deberías sentarte con los reporteros y críticos para tratar de hundir mi novela con preguntas insoportables. La respuesta sigue siendo: No se queda con la chica porque no resultaría.
- Eso no lo sabes- le rebatió Harry y sin aguantar ni un segundo más, se acercó a ella decididamente, la atrajo por el cuello y encerró su boca en un beso fulminante que casi la derriba.

La joven, con cierta torpeza, se propuso alejarlo pero se desobedeció completamente. Lo rodeó con sus brazos en un movimiento instintivo apostando su vida a que no lo soltaría por nada del mundo. Harry la desvistió por capítulos, por escenas, por diálogos que recordaba y repetía en cada beso depositado en esa piel estremecida. Cayeron enredados en el sofá mientras que Hermione lo ayudaba a invadirla sin prisa. Al sentirlo dentro no pudo encontrar adjetivos ni reglas gramaticales que pudiesen describirlo. Era sencillamente perfecto, el roce adecuado y el ritmo constante que logró arrancarle roncos gemidos. De pronto, Harry la sentó sobre él como sus personajes lo hicieron en una de sus escenas escritas. La castaña lo supo y sonrió mirando a su mejor amigo con un dejo de halago en sus ojos. El joven comenzó a recitar las palabras dichas por Vincent al tiempo que la castaña le respondía en papel de Julianne. Inventaron un nuevo episodio entre sudores, entre el cosquilleo emergente de sus vientres y el calor que fulminaba la triste idea de finales infelices. Hermione enterraba sus uñas en el cuello del ojiverde, aumentando la velocidad en su regazo, produciendo los ahogados suspiros de Harry y la oleada de orgasmo que le hizo arquear la espalda impensadamente.
- Huye conmigo- citó Harry.
- ¿Adónde?
- Al fin del mundo… te amo- Hermione quiso seguir el texto pero la mirada del muchacho la hizo sentir desconcertada. El moreno repitió con mayor firmeza- Te amo.
- ¿Continuas recitando?- el aludido negó con la cabeza e insistió.
- Te amo, Hermione- ella sonrió sin poder creerlo.
- También yo a ti, Harry- Quedaron abrazados por largo rato, como si pensaran las palabras que dirían después o ensayaran las expresiones en sus rostros luego de tan íntimo momento. Se recostaron y el joven la rodeó por la cintura cogiendo el libro tirado en la alfombra. Lo elevó a la altura de sus ojos admirando el diseño de la portada en silencio.
- ¿Crees que pueda quedarse con la chica al final de la historia? ¿Puede existir un final feliz en San Valentín?- esa pregunta causó una divertida risa de la joven escritora y se volvió a él para besarlo brevemente.
- Tendremos que escribirlo otra vez- contestó, encerrándolo entre sus brazos sintiendo que ya había sido demasiado descanso.

.*.FiN.*.

martes, 1 de marzo de 2011

My Heart Will Go On - parte II

Les dejo la segunda parte y final de esta historia...

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My Heart Will Go On
(Segunda parte)



Sirius y Tonks se quedaron boquiabiertos ante la noticia de matrimonio. Harry estaba de pie frente a ellos en la mansión de su padrino, con sus puños apretados y tan seguro de sus palabras que daba miedo. El moreno no quería esperar su aprobación, eso no era de su incumbencia, sólo les daba aviso de que quería compartir su vida con la mujer de sus sueños. La profesora de danza quiso hilar un par de frases pero no lo consiguió quedándose finalmente callada. Sirius, en cambio, caminó hacia la chimenea para mirar el fuego más de cerca. Después de que su ahijado le relatara del incidente en el restorán y la compleja afección de Hermione, que su rechazo a la relación se volvió vehemente. No quería ver sufrir a Harry más de lo que lo vio por tres largos años. ¿Qué sucedería con él si la joven muriera? Meneó la cabeza de forma negativa. Se volvió hacia el muchacho encontrando en sus facciones juveniles las claras herencias de James y suspiró. Muchas veces no aguantaba el parecido con su mejor amigo fallecido.

Harry seguía rígido, clavado en el piso como un luchador a la espera del primer golpe. Era evidente la defensiva que desplegaba, sobre todo sabiendo que muchos se resistían a la idea del amor intenso que nació entre ellos. Hermione estaba delicada, era una bomba de tiempo, pero aquello no lo detenía en su intención de amarla sin medida. Tonks lo observaba entre una mezcla de dos expresiones: orgullo y preocupación. Ella había visto la química que se generaba en la pareja, era innegable, pero el costo de tanta perfección sería inmenso. Nadie en esa sala rompió con la pausa por largos minutos. El silencio ante la noticia de la boda congeló el tiempo y las intenciones de sacar la voz. Sirius, sin embargo, se obligó.

- Creo que cometes una locura.
- No me interesa- respondió el ojiverde sosteniéndole la mirada.
- ¿Te das cuenta de lo que pasaría si ella…?
- Lo tengo muy claro- volvió a rebatir. Tonks contuvo el aliento antes de hablar.
- Harry, sé que te he ayudado mucho en tu relación con Hermione, pero debes ser razonable…
- ¡No quiero ser razonable, ella no se merece que lo sea!- exclamó perdiendo un poco sus estribos. Sentía como si estuviese frente a sus padres y aquello no le gustó, de hecho, un nudo ató su garganta ante el recuerdo y llevó su mirada hacia una de las ventanas laterales. Tonks y Sirius intercambiaron miradas sin hablar. Sabían que nada lo haría cambiar de parecer. Era momento de reunir fuerzas para la estampida que se les venía encima.

La joven doctora no tuvo mejor suerte. Al comunicarles a sus padres de su decisión, ambos se quedaron estupefactos, hundidos en el enorme sofá de cuero al interior de su casa. Hermione estrujaba sus manos, nerviosa, pero estaba segura de lo que estaba diciéndoles. Su padre se puso de pie, totalmente despojado de palabras. Sabía que su hija lo haría con o sin su aprobación. No existía persona en el mundo más determinada que ella cuando algo se le metía en esa cabeza dura. El conflicto que se generó en su interior lo tuvo entre el enfado y la felicidad. Admiró a Harry por su valor. Pedirle matrimonio a una chica con bajas probabilidades de vida lo llevó a cubrir su rostro y abandonarse al llanto. Tanto Hermione como la madre quedaron absortas ante su arrebato. La mujer lo consoló entre sus brazos y la castaña mordió con fuerza su labio inferior para no perder el control. Debía ser la fuerte bajo ese techo a como dé lugar. Sin embargo, el rechazo ante la decisión seguía presente. Su padre manoteó sus lágrimas fuera de su rostro, auto reprochándose su momento de debilidad y la enfrentó, con aquella voz de mando que empleaba cuando era una niña.

- No quiero que vuelvas a ver a ese muchacho- ordenó, serio e injusto- ¿No comprendes que él puede empeorar tu condición? Las emociones fuertes pueden hacerte mucho daño.
- ¿Pretendes que pase mi vida sin conocer el amor?- le respondió Hermione elevando el tono de su voz.
- Lo que quiero decir…
- ¡No digas más, papá! ¡Si he de morir por amarlo, que así sea!

La joven salió de aquella casa, pisando fuerte. No podía creer el nivel de infamia que nació en esa conversación. Estaba decepcionada ante la reacción en sus padres; él, sin razones para oponerse, y su madre, sin argumentos para apoyarla. Caminó rápido hacia la escuela de danza para canalizar su enfado pero la falta de aire la detuvo. Con movimientos erráticos buscó en su bolso las píldoras que le ayudaban a disminuir la presión en su pecho. Se llevó una de ellas a la boca y tragó. Con la mano apretada en su hombro izquierdo, respiró hondo muchas veces para poder calmarse. Estaba a medio camino, vulnerable en la vía pública y con la vista borrosa. Las personas pasaban por su lado sin darse cuenta de que necesitaba ayuda. La exaltación en casa de sus padres había sido excesiva cobrando su consecuencia. De repente, su teléfono móvil repicó en el bolsillo de sus vaqueros. Como pudo, llevó el aparato a su oído para contestar. La voz de Harry se oyó del otro lado y Hermione sonrió instantáneamente a pesar de su dolor físico. Con suma cautela, la castaña tomó asiento en los escalones de una residencia para recuperar el aliento y responder sin levantar sospechas.

Había pasado mucho tiempo desde que Harry había montado por última vez su motocicleta Guzzi Bellagio, regalo de su padrino en su vigésimo primer cumpleaños. El moreno, estacionado fuera de un restorán de comida china, había llamado a la joven para encontrarse en la tranquilidad de su departamento, lugar testigo de su primera vez en la intimidad. Los ánimos en la mansión Black estaban demasiado caldeados como para quedarse un minuto más y compró dos porciones de arroz y fideos para comer viendo alguna película. Mientras hablaba por el celular reparó en la voz distinta de Hermione. Acercó más el móvil a su oído sorprendiéndose de sí mismo al saber con exactitud que estaba sufriendo un ataque. Lanzó la comida al carajo para acelerar y chirriar las llantas sobre el asfalto: “¿Dónde estás?”, le preguntó a voz en cuello mientras doblaba una esquina, “En Victoria St”, respondió ella con dificultad. Harry atravesó las calles sin prudencia alguna, el rojo de los semáforos sólo era un estorbo y lo ignoraba temerariamente. Cruzó el puente Westminster sin siquiera saludar al Big Ben que se alzaba soberbio por encima de todo Londres. Al llegar por fin a la calle indicada, lo primero que vio fue a Hermione, acurrucada en una breve escalera a los pies de un edificio. Frenó en seco, descendió de la moto y abrazó al amor de su vida con tal urgencia que bien pudieron fundirse en uno sólo.

- ¿Qué sucedió?
- Discutí con mis padres.
- Te llevaré con tu médico- dictaminó Harry tratando de levantarla del peldaño.
- No, cariño, por favor…- le rogó, fervorosamente- Quédate aquí, conmigo. Ya se está pasando, sólo quédate a mi lado. Abrázame.- el muchacho así lo hizo, refugiando su rostro entre su cabello espeso. Aspiró su perfume de vainilla y se barrió las lágrimas disimuladamente para verse como siempre fuerte e inalterable.

Luego de unos minutos, bajo las miradas indiferentes de la gente, los jóvenes abordaron la motocicleta para dirigirse en lento camino hasta el departamento de Hermione. Entre aquellas cuatro paredes todo parecía desaparecer y ellos lo aprovechaban al máximo. Ambos se recostaron en la amplia cama de cobijas almidonadas, Harry se mantuvo despierto con la espalda de la muchacha pegada a su pecho, sintiendo su respiración como oleadas de tranquilidad. Posó su mano cálida ciegamente en el tórax de la castaña y percibió los latidos de su corazón. Los contó, los vivió él mismo. Era una sensación exquisita rezando a Dios que jamás se detuviera. No obstante, no pudo evitar el enfado hacia Él y se levantó de la cama con cuidado tras besar delicadamente a Hermione, quien dormía tranquila.

Con la curiosidad de un niño preescolar, el moreno encendió la laptop de la muchacha tratando de no despertarla. Tecleó despacio en el buscador: “Cardiomiopatía” y esperó los resultados. Revisó varias páginas hasta dar con una que explicaba el término con palabras más comunes que las técnicas: “La cardiomiopatía es una enfermedad grave en la que el músculo cardiaco se inflama y no funciona tan bien como debe. Puede tener múltiples causas, incluso infecciones virales. Hay tres tipos principales de cardiomiopatía: dilatada, hipertrófica y restrictiva. La Cardiomiopatía dilatada es la forma más común de todas. En ésta, la cavidad cardiaca se agranda y estira (dilatación cardiaca). El corazón se debilita y no bombea de manera normal, y la mayoría de los pacientes presentan insuficiencia cardiaca. También pueden ocurrir ritmos cardiacos anormales, llamados arritmias, y trastornos en la conducción eléctrica del corazón.” – Harry tuvo que cerrar la página para poder respirar. No conocía muy bien aquella afección y al terminar de leer tuvo real dimensión de la gravedad de la muchacha a quien amaba. La miró a distancia llorando en silencio por ella. Estaba enfurecido con la vida por ponerlos en aquella terrible situación. Se acercó al equipo de música para despejar un poco su cabeza y escuchar algo melódico, parsimonioso… pero justo cuando pensó que la acidez que supuraba sus entrañas no podía ser peor, se oyó la afinada voz de una conocida cantante rompiendo su pecho. La balada salía por los parlantes, tan insoportable como rasguños en un pizarrón, y Harry se acurrucó en el sofá para sufrir sin que Hermione lo supiera. Enterró su grito de impotencia contra un cojín para poder despejar sus pulmones de la ira. Ella necesitaba de alguien valiente a su lado, alguien constante… él sería ese alguien, pero en ese momento, necesitaba llorar…



La noche pasó como un suspiro. El fotógrafo vio cómo las horas desfilaban en el gran reloj que colgaba en una de las paredes y el tic tac de los segundos iba de acuerdo a sus pensamientos que fluctuaban entre alegrías y pesares. Cuando el alba despuntó en el horizonte, sin importarle sus ojeras cogió su chaqueta desde el respaldo de una silla y salió camino al Hospital de Harefield para hablar con una persona específica. Necesitaba más información sobre el padecimiento de Hermione, sobre las probabilidades, sobre las malditas estadísticas y la posibilidad de que arrojaran números en verde para poder dormir tranquilo. Al golpear tres veces la puerta del Director Albus Dumbledore, el anciano lo dejó ingresar educadamente. El muchacho lo saludó con respecto sentándose al otro lado de su escritorio. Un silencio intenso apareció tras su llegada. Los ojos azules del médico atravesaron los verde esmeralda de Harry y lograron doblegarlo. El fotógrafo bajó la mirada, humilde, derrotado.

- Necesito saber la gravedad de la condición de su paciente Hermione Granger.
- ¿Qué quieres saber con exactitud?
- Estuve leyendo sobre la Cardiomiopatía, ¿realmente es vital un trasplante?- el anciano se puso de pie para caminar hacia su ventana iluminada. Miró hacia las afueras con sus manos tomadas detrás de su espalda. Harry lo observaba, ansioso.
- En el caso de ella, sí- afirmó y el moreno pudo rendirse ante el dolor con suma confianza.- El problema no es ése, ella es fuerte, puede soportar la intervención, el problema es encontrar un donante. Hermione tiene un tipo muy especial de sangre. La compatibilidad es muy compleja y hemos esperado por mucho tiempo.- el doctor le alcanzó un documento para que el muchacho lo leyera. Los datos técnicos de su estado de salud estaban detallados allí, incluyendo su tipo de sangre. Harry no dijo nada. Se quedó leyendo cada línea escrita en ese papel sin moverse, como si estuviese en trance. Luego, rompió la pausa.
- Quiero casarme con ella.
- Felicidades- dijo Dumbledore sin mostrarse afectado ante aquella noticia. El ojiverde frunció el ceño, asombrado.
- ¿No me dirá que cometo una locura?
- No te diré lo que debes hacer. La amas, eso se ve a millas de distancia.
- Dígame la verdad, doctor… ¿Es probable que ella muera?- para esa pregunta había una respuesta obvia. El facultativo lo miró profundamente.
- Esperemos que no tenga otro infarto- sentenció. Harry asintió con la cabeza abombada. Todo su esqueleto se vino abajo cual edificio dinamitado. Le agradeció con un estrechamiento de manos y se retiró con los pies de plomo.



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Ron y Luna fueron sorprendidos por un impaciente Harry en la puerta del departamento en donde vivían. La pareja estaba al tanto del problema de salud de Hermione pero no sabían a qué nivel de gravedad estaba expuesta. El moreno no entró en detalles más que pedirles un inmenso favor. Ellos eran sus mejores amigos, por tanto, esperaba que entendieran su decisión de casarse con la castaña lo antes posible y sin que nadie lo supiera, necesita saber que ella sería suya para siempre sin importar predicciones, radiografías o infames prescripciones médicas. Ron lo vio demasiado excitado caminando alrededor de la sala igual que león enjaulado. Tenía una expresión distinta en el rostro, no pudo precisar lo que pasaba por su mente y eso le preocupó. Luna, aún siendo tan despistada como un cachorro persiguiendo mariposas, lo notó de igual modo. Algo había cambiado, algo había movido cimientos y finalmente, sin desear cuestionar sus motivos, aceptaron su petición con los brazos abiertos.

- Mi amor… despierta- Hermione abrió sus ojos lentamente, sabiendo que ya había amanecido. El rostro vigoroso de Harry frente al suyo la sobrecogió. Se sentó en la cama sacudiendo su modorra y recibiendo de él un beso en su frente.
- Lo siento, dormí más de lo que esperaba, ¿Por qué no me despertaste antes?
- No quise hacerlo.- le contestó. Una expresión traviesa atravesaba su semblante y la castaña lo miró más detenidamente. Parecía un niño que ocultaba un secreto- Ven, levántate. Quiero llevarte a un lugar.- el misterio en su voz hizo que la joven arqueara sus cejas con desconfianza. Harry rió al verla dubitativa. - ¿Crees que haría algo indebido?
- No lo sé, ¿lo harías?
- Sólo por ti, nunca hacia ti.- y la muchacha lo atrajo hacia su cuerpo para poder estrecharlo con fuerza.

Una vez más arriba de la motocicleta, Harry guió el manubrio hacia uno de los parques más bellos de la ciudad. Cortaban el camino viendo pasar los automóviles a su lado como simples adornos, el viento se colaba entre los cabellos de Hermione, quien alzó sus brazos hacia los lados sin caber en su pecho de tanta dicha. Como un reflejo aprendido por años, abrazó al moreno sentado delante de ella por la cintura. Apoyó su mejilla en aquella amplia espalda y percibió su aroma varonil sabiendo que jamás, en lo que le restaba de vida, podría olvidarlo. La brisa barrió una lágrima que corrió impune hasta su mentón sabiendo que cada minuto compartido con él valía más que cualquier riqueza incalculable. Siguieron por Wellington Road hasta llegar al punto en que Harry preparaba una sorpresa. Doblaron algunas esquinas viendo crecer el verde de la floresta a su alrededor. La brisa cambió su temperatura debido a la cantidad de sombras producidas por los generosos árboles de ramas despeinadas. Las copas danzaban al paso del viento pareciendo brazos alabadores que acompañaron a la pareja por lo que restaba del trayecto. Al llegar, Hermione reparó en tres personas que los esperaban bajo un frondoso roble. Su estómago se encogió al reconocer el oficio de uno de ellos. Un ministro religioso, vestido de su traje negro y cuello blanco, aguardaba con una Biblia entre sus manos. Inmediatamente supo el motivo de aquel paseo. Sus ojos destellaron de felicidad. A un lado del sacerdote, Ron y Luna los observaron estacionarse con una sonrisa que llenaba sus labios. Harry les guiñó un ojo a modo de agradecimiento por aceptar ser los testigos de su unión en matrimonio. La chica rubia se acercó a Hermione entregándole un atuendo bien guardado en su estuche. La novia lo abrió y vio ante ella un bello vestido blanco, sencillo y de delicados encajes en el escote. Ambas fueron hasta los cuartos de baño de aquel parque para prepararse y Harry saludó al religioso. El anciano le sonrió bajo ese aire de benevolencia que ya escaseaba en algunas personas.

- Espero que le diga a su Jefe que a pesar de estar enfadado con Él, lo hago partícipe de este momento- le confesó el muchacho a media voz. Ron apretó sus labios, emocionado.
- Él ha puesto a Hermione en tu camino para amarla. Hazlo.
- Eso hago… y nunca dejaré de hacerlo.

Para admiración de Harry, la joven doctora llegó acompañada de Luna, vistiendo el delgado vestido que flameaba vivazmente gracias a la brisa. Su cabello recogido por un improvisado moño en su nuca, dejaba escapar mechones rebeldes que caían con soltura por su cuello. Su sencillez y modesta mirada lograron apretarle el corazón. Estaba tan hermosa que el moreno comprobó que efectivamente existían los ángeles y que poblaban la tierra. Ron intentó en vano aplastarle su cabello negro contra el cuero cabelludo siendo un intento inútil debido a su indomable naturaleza. La pareja se encontró frente al ministro y se tomaron de las manos para escuchar la unión que los volvería uno solo hasta la eternidad. La voz del sacerdote rompió el silencio con su tono de terciopelo. Habló sobre el amor eterno, la bendición de los amantes que se encuentran dentro de un mundo lleno de adversidades. No había que bajar la guardia ante ellos. El valor de amar sólo se presentaba en aquellos que estaban dispuestos a apostarlo todo. Soldados de una batalla que sólo busca la paz. Luego de su perorata, concedió el momento en que Harry colocara la fina alianza que había adquirido en el dedo de Hermione y ella en el de él sellando finalmente con un beso que significaba todo. Ron y Luna se apretaron más el uno contra el otro, contagiándose de ese amor intenso y aplaudieron, como también lo hicieron algunos transeúntes que pasaban por ahí y vieron el evento.

El moreno tenía todo un plan armado en su cabeza. Agradeció a sus amigos, al sacerdote por su servicio y luego de los abrazos respectivos, se fue con Hermione para llevar a cabo lo que tenía en mente. Condujo su motocicleta a las afueras de la ciudad. A la joven no le importó sus clases en la universidad de aquella tarde, ni su turno en el hospital. La vida era demasiado corta como para no disfrutar de los momentos junto a Harry. Cruzaron la ciudad hacia el este rumbo a Gillingham. El día comenzaba a acentuar su calor, mostrando un cielo azul claro y nubes imposibles de color topacio. Surcando las calles bajo la tranquilidad de quien transporta un frágil tesoro, Harry hizo un par de llamadas desde su móvil.

- ¿A quién llamas?
- Sólo preparo nuestra llegada- respondió el muchacho con el más pícaro de sus tonos.
- No deberías hablar por celular mientras conduces, es peligroso- le recalcó Hermione y Harry rió por lo bajo. Era increíble cómo siempre aparecía en ella la doctora preocupada, cuando en realidad él debía hacerlo el doble debido a las circunstancias. Sólo deseaba llegar pronto para encerrarla entre sus brazos.

Cuando aparcó a un lado de la acera, una hermosa casa de techos altos se alzaba ante ellos. Una robusta señora los esperaba en la entrada con un manojo de llaves a la cintura. Harry, al desmontarse de la motocicleta, habló con ella un par de palabras, le entregó un fajo de billetes y recibió las llaves con una sonrisa plena. Hermione se quedó sentada mirando lo bella que era la residencia. El moreno la tomó de la cintura con suma facilidad entrando por la puerta como nuevos esposos. La chimenea en el interior resplandecía en su fuego nuevo, los muebles de madera se adivinaban tan cómodos que el letargo de inmediato atacó a la muchacha. La escalera de peldaños rústicos ascendía en una breve curva hacia la segunda planta y el calor de hogar se sintió en cada fibra de su cuerpo.

- La alquilé por dos días para estar solos.- le dijo Harry cerca del oído- Cuando pueda, encontraré un lugar especial en el que vivamos juntos para siempre. Yo cuidaré de ti.
- Pensé que yo lo haría- instó Hermione, besándolo en el cuello.
- No entraré en discusiones contigo porque… desde que te conocí me has ganado.

No pudieron aguantar más tiempo. El joven, con toda la delicadeza que pudo ejercer, la desprendió de sus prendas para amarla lentamente. Podía recorrerla paso a paso controlando los impulsos para no cometer un error y ponerla en peligro. La castaña se abandonó de espaldas sobre el colchón, dio la bienvenida a sus besos suaves como si fuese la primera lluvia de octubre y se dejó llevar. Atrajo a su compañero de vida hacia ella abriendo sus piernas para dejarlo entrar. Se amaron lento, en un ritmo que llamaba al placer por tiempos. Harry estuvo pendiente de sus gestos en todo momento. Estaba dispuesto a detenerse al más mínimo signo de malestar. Le besó el pecho cetrino, le besó simbólicamente su corazón aquejado apoyando su oído para atender las palpitaciones. Embestía con ritmo según se lo permitía ella y sus respiraciones constantes. Buscó la forma de hacerla vibrar sin volverse brusco ni arrebatado. Hacer el amor así era casi un arte de poca práctica. Canalizó su propio orgasmo para sentirla a ella contraer y dilatar sus músculos alrededor de su miembro, mientras gemía contra su hombro suavemente. “¿Estás bien?”, le preguntó, “Lo estoy… sólo sigue conmigo”, murmuró y él así lo hizo. Volvió a posar su oído en su pecho, encantado de escucharla viva, sedienta, y dejó que las lágrimas mojaran su piel haciéndolas pasar por sudor. No quería que ese extraordinario instante acabara jamás. Aumentó el ritmo de acuerdo a lo que la joven exigía alzando su pelvis. La besó entre el valle de sus pechos para luego mirarla a los ojos. Azorada, la muchacha le devolvió la mirada. Aquellos ojos ambarinos eran su verdadera perdición y le recordó lo mucho que la amaba en sus dos clásicas palabras. Cerca de la culminación, los jóvenes apretaron más sus cuerpos quedando unidos físicamente por tiempo indefinido. Temblaron, jadearon y cayeron rendidos en la cama, agradecidos por la nueva oportunidad de volver amarse…





- ¿¡Te casaste!?- exclamó Tonks con los ojos desorbitados. Harry asintió con la cabeza mostrándole la sortija en su anular. La profesora miró la joya sin poder convencerse.- A Sirius le dará una pataleta de aquellas.
- No me importa, él no es mi padre.
- En términos prácticos y nominales, sí- Harry respingó la nariz demostrando su molestia.
- Entonces debería respetar mi decisión. No le digas nada, no quiero que me reprenda como si fuese un niño ¿de acuerdo?- aquella orden sonó tajante y Tonks no supo qué hacer más que darle su palabra. Sólo imaginar la reacción de su primo le ponía la piel de gallina. ¿Quién la mandaba a meterse en esos problemas? Hubiera preferido no saber nada al respecto.

Después de haber pasado dos maravillosos días en las afueras de la ciudad, los chicos debieron volver a la dura realidad. Harry no podía retrasar más sus entregas en las galerías de arte en las que debía exponer y la joven tenía que poner orden en sus fichas médicas. El hecho de ausentarse no le causó gracia alguna a Albus Dumbledore. Al verla llegar al hospital, la detuvo a mitad de su camino para hablar con ella. Le informó de la preocupación de sus padres, quienes la habían llamado al centro asistencial para saber dónde estaba. Le preguntó si acaso le importaban las personas que velaban por su bienestar y que se desvivían por protegerla. Hermione se sintió pésimo. Con los hombros vencidos, se dejó caer en una de las sillas del despacho recibiendo el regaño merecido. No obstante, no se arrepentía. Había pasado dos días con el amor de su vida y lo haría de nuevo si llegara de repente en su motocicleta para llevarla lejos. El anciano la miró en silencio. Sabía que algo estaba ocultando pero esperó a que ella misma se lo dijera. Sospechó que ese chico que lo había visitado hacía unos días tenía algo que ver, y no se equivocó. Le miró las manos y reparó en el anillo que brillaba en su dedo izquierdo. La castaña hizo nulos intentos por esconderlo. No podía engañar a ese viejo que tan bien la conocía. Habló por fin y lo dejó al tanto de su boda secreta en los parques de Londres. Albus, tal como lo hizo frente a Harry, no se mostró sorprendido ni cambió la expresión de su rostro. Hermione se quedó en silencio esperando alguna respuesta de su parte. El doctor suspiró y revisó algunos apuntes sobre su escritorio. Aquello descolocó a la joven, frunciendo el ceño.

- ¿Eso es todo? ¿No me dirás nada?
- ¿Qué quieres que te diga? Eres una mujer adulta.
- Sí, pero… muchos están en contra de esta relación por lo que pueda pasarme- aquella afirmación de la joven llevó a Dumbledore a apoyar su espalda en el respaldar de su sillón. Suspiró antes de responder.
- ¿Te arrepientes de haberte enamorado?
- No.
- Entonces estás haciendo lo correcto. Que la vida siga su curso. No podemos hacer nada contra eso.

Al otro lado de Londres, Sirius no compartía aquel pensamiento. En el interior de su mansión, observaba a su ahijado de cerca. Reparó cambios en él, sutiles pero perceptibles. Tenía una seriedad muy distinta en su ceño, se veía mucho mayor que hacía unos meses y se preguntaba qué pensamientos pasaban por esa cabeza loca. Recordó cuando era un niño y corría por todos lados espantando a Lily con sus travesuras. Lamentó no haber compartido mucho con él en aquella época. Como su padrino, consideró que el trabajo de padre nunca caería sobre sus hombros, al fin y al cabo, quién piensa en los juegos del destino cuando se es el tercero al mando. Sus mejores amigos habían cumplido su papel paternal a la perfección, Harry se había convertido en un hombre íntegro, lleno de valores y virtudes, mucho mejor que él a su edad en varios aspectos y se sentía orgulloso. Por eso mismo, intentaba ser un buen padre aunque no le hiciera mucha falta a esas alturas de su vida. No obstante, no podría lograrlo si Harry no era sincero con él. Algo pasaba, lo podía presentir. Más de una vez lo encontró albergado en la oscuridad de la sala a medianoche, mirando por la ventana. Le preguntaba el motivo de su ensimismamiento, pero no obtenía respuesta satisfactoria más allá de un: “no te preocupes, todo está bien”. Como aquella mañana, en donde había salido muy temprano y regresado con un sobre blanco que trató de ocultar hasta llegar a su cuarto. Sirius estaba demasiado acongojado ante sus dudosas actitudes.

- No sé qué es lo que sucede- le confesó a Tonks, una noche en el bar que frecuentaban para conversar- Harry está actuando muy extraño.
- ¿Qué más quieres? Está enamorado de una chica que puede morir de un momento a otro.
- Todos podemos morir de un momento a otro.- rebatió. La profesora resopló y bebió de su cerveza antes de hablar.
- Lo sé, pero ya sabes a lo que me refiero, primo.
- No quiero que sufra otra vez, Tonks. Harry no podría soportar otra pérdida en su vida.- ante ese argumento, la joven tuvo que morderse la lengua para no decirle que su destino ya estaba sellado. Se habían casado en secreto y ahora, si sucedía lo peor, Harry lloraría a una esposa, no a una novia.



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Aquel día amaneció presagioso. El cielo estaba nublado y la lluvia amenazaba en caer a cada hálito tibio del viento. Las nubes no se movían de su lugar pareciendo un techo sinuoso sobre las cabezas. Harry se levantó de su cama con el alma pesada. Se sentía intranquilo, le escocía la piel y sus manos le sudaban. Trató de ignorarlo porque debía estar contento. Ese mismo día haría las gestiones pertinentes para vender su departamento abandonado por casi tres años y comprar una casa de ensueño para compartirla con Hermione como le había prometido. Tomó una ducha, se vistió y salió al jardín para montar su motocicleta. Alzó la vista hacia el horizonte sintiendo la urgente necesidad de llamar a la castaña. Necesitaba escuchar su voz para poder calmar sus ansias inexplicables y tecleó el número. Esperó. Al oírla, su corazón se serenó un poco sonriendo anchamente. Hablaron un par de minutos para desearse suerte en sus días respectivos y después de colgar, condujo a lo largo de Grimmauld Place hacia el centro de la ciudad. Por otra parte, Hermione hacía sus rondas normales por los pasillos del Hospital Harefield. Como nunca, aquella mañana estuvo mucho más ocupada que días anteriores y anduvo de aquí para allá atendiendo pacientes. Hombro con hombro junto a la doctora Minerva McGonagall, la castaña asistió dos urgencias prioritarias que la mantuvieron pendiente y exigida por largas horas. La experimentada facultativa la miró de reojo ordenándole descansar, no era bueno que se agotara de más, pero la chica insistió en que necesitaba ayuda y la falta de personal médico se hacía notar.

El sonido de un trueno estremeció a todos dentro del inmueble hospitalario. La lluvia cayó sobre la ciudad con fuerza asemejándose a un alud de rocas sobre los tejados. La luz parpadeó un momento y Hermione se comenzó a sentir intranquila. Pasaron algunas horas más de trabajo, en donde el flujo de pacientes disminuyó y ya se podía respirar mejor. La joven terminó su turno, marcó su tarjeta al retirarse y caminó bajo la protección de su paraguas hasta tomar un taxi. Estaba ansiosa, no sabía por qué, el desasosiego la encerró entre sus garras tratando de ocupar su mente en otras cosas. De manera inconsciente se llevó una mano al pecho y respiró profundo mientras entraba a su departamento. Accionó la calefacción debido al escalofrío que le recorrió la espalda. Cerró un momento los ojos, notando que un mareo repentino le dio vueltas la cabeza. Se afirmó de uno de los muros, tambaleándose, y buscó con la mirada su bolso tirado en uno de los sofás. Al dar unos pasos hacia él, su vista se nubló y el ritmo cardiaco aumentó explosivamente. Hermione se llevó una mano a su hombro izquierdo cayendo de rodillas en la alfombra. Era un dolor inusual, peor a los que ya estaba acostumbrada, como si cables eléctricos hicieran contacto en su pecho y le reventaran con corriente las arterias. Gimió adolorida y se derrumbó en el piso sin fuerza alguna. Escuchó a lo lejos el timbre de la puerta. Sin embargo, no pudo siquiera gritar por ayuda…

Tonks era de naturaleza impaciente. Jamás esperó por nada ni nadie en su vida, no había cosa que le indignara más que la gente impuntual. Por eso mismo, la profesora de danza había apartado unas horas del día para reunirse con Hermione en una cafetería para conversar sobre su secreto matrimonio. No obstante, al no presentarse la joven doctora, Tonks fue hasta su departamento para ver qué demonios la había retrasado tanto. Luego de tocar el timbre un par de veces, notó que la puerta estaba sin llave e ingresó llamándola por su nombre. Al hallarla tendida en el suelo boca arriba, se le congeló la respiración. Corrió para asistirla y llamó inmediatamente a Emergencias. Habló tan atropelladamente que ni ella misma creyó entenderse. La ambulancia casi no tardó en llegar llevándola al centro asistencial en pocos minutos.
A partir de ese momento, todo habría de ser terror y confusión. Los médicos ubicaron a la familia de Hermione, Tonks llamó a quienes tuvo a la mano desde su celular para informarles, pero una sola persona no le respondía y ese era Harry. La frustración la tenía con el cabello de punta. Intentó cientos de veces para dar con él y nada. “¿Para qué mierda tienen celulares si no los atienden?”, blasfemó entre dientes. Cuando creyó que debería ir a pie por todo Londres para buscarlo, el moreno contestó en medio de un bullicio intenso. Harry la saludó casi a gritos y Tonks tuvo que alejarse un poco el móvil de la oreja. No sabía cómo dar una noticia como aquella, no existían palabras para aminorar una notificación de esa envergadura. Se mordió los labios, nerviosa.

- ¿Qué es lo que sucede?
- Será mejor que vengas al hospital, Harry. Ahora- esas palabras entraron una a una al cerebro del joven como aguijones de avispas. No necesitó oír nada más para saber con exactitud que todo el presentimiento que lo incomodó aquel día tenía una razón de ser: Hermione.

Montado en su motocicleta, conduciendo por la recta calle Millbank, Harry dejó caer su celular desde su mano temblorosa. El aparato se hizo trizas en el asfalto. En su pecho, todo le indicaba que había llegado el día que más temía. Las lágrimas llenaron sus ojos empañando su entorno. La lluvia seguía cayendo sin tregua y por cada gota que reposaba en su piel descubierta, un recuerdo con la mujer que amaba lo atenazaba fuertemente. El aire se le atascó en la garganta debido al llanto atado en ella. Tenía que llegar al hospital pronto. No concebía la idea de que muriese sin haber arribado antes para hablarle. Cuando creyó que el destino no podía retorcer más las cosas, aceleró en un muy mal momento. La luz había cambiado a roja y no había prestado atención. Todo lo siguiente había pasado demasiado rápido. Justo en la intersección de ambas rutas, una camioneta cruzaba a gran velocidad. El impacto a un lado del moreno fue letal, estruendoso. Al embestir, el vehículo arrastró la moto por varios metros sin poder detenerse. El sonido de los vidrios rotos junto con algunos huesos, sería lo último que Harry escucharía expulsado por los aires. Su visión se tiñó de rojo, la imagen de la muchacha ocupó su memoria por entero y después de que los metales se torcieran y la gente gritara, todo ese escándalo habría de terminar en segundos disfrazados de horas…






- ¿Harry?- la voz de Sirius resonaba como eco en los oídos del aludido. El ojiverde abrió sus ojos poco a poco. El rostro de su padrino se fue materializando como una imagen distorsionada sobre la superficie del agua. Al enfocar bien su visión, frunció el ceño buscando a una sola persona.
- ¿Dónde está Hermione?- su pregunta sobrecogió a Sirius, quien le acarició el cabello revuelto con algunos restos de cristal molido.
- Ya podrás verla, hijo, sólo debes…- sin embargo, Harry no quería otra cosa más que saber de ella. Intentó levantarse sintiendo que cada hueso de su cuerpo le dolía insoportablemente. Sirius lo retuvo casi sin esfuerzo.
- ¿Qué me pasó?- preguntó, convulsionado. De pronto, un carraspeo a los pies de su cama lo hizo bajar la mirada. Era Tonks, acompañada de Ron y Luna a su lado. Se les veía pálidos, preocupados.
- Tuviste un accidente en moto. Te llamé para avisarte que vinieras al hospital y chocaste. – los recuerdos llegaron a Harry como el goteo de una llave abierta: una llamada, una luz ignorada, un vehículo sobre él. Cerró sus ojos - Creo que debí decirte que la idea era que llegaras aquí por tus propios pies y no en ambulancia- trató de bromear la profesora, consiguiendo una frágil sonrisa de parte del moreno.
- Has estado inconsciente por tres días- acotó Luna.
- ¿Han pasado tres días?- murmuró el aludido, con su voz desafinada- Necesito ver a Hermione…
- Cálmate, por favor… - pidió Sirius.- Ella está en coma ahora. Tuvo un ataque cardiaco.- fueron dos balazos certeros en el blanco. El joven fotógrafo no pudo evitar las lágrimas que ahogaron su mirada. Las dejó fluir por sus mejillas arañadas y salaron sus heridas frescas, quiso barrerlas pero no pudo mover el brazo notando que lo tenía enyesado. De pronto, dio cuenta que el dolor que sentía más allá del corporal era el de su alma apabullada. Revivió las palabras del doctor Dumbledore: “Esperemos que no tenga otro infarto”. Se entregó al terror. Ignoró la dolencia interna tomando atención sólo al sufrimiento intangible. Lloró. Lloró con la misma mesura y amargura de cuando había perdido a sus padres, pero resultó ser un llanto diferente, quemante. Miles de pensamientos lo colmaron pero sólo uno se dejaba entender muy bien, como un objeto inamovible entre cientos de polillas revoloteando alocadas. Tenía una extraña sensación corriendo por sus venas. Sabía que todo aquello había sucedido por una razón y no por trágica coincidencia, y cuando vio entrar a la doctora McGonagall a la habitación, sumida en la discreción, suspiró quejosamente esperando la noticia que quería escuchar.
- ¿Cómo estás?- preguntó la recién llegada. Harry sólo se limitó a negar con la cabeza. Sirius se puso de pie y miró por la ventana tratando de no dejarse vencer por su propio llanto.- Me han entregado los resultados de tu análisis.
- ¿Y cuáles son, doctora?- preguntó Ron. McGonagall ojeó las hojas entre sus manos bajo un ceño taciturno. La tensión en sus delgados labios daban a entender que no eran buenas noticias.
- Hay hemorragias internas importantes - dijo solemnemente. Tonks ahogó un suspiro agónico. – Es difícil detener el flujo que inunda los pulmones.
- ¿Qué quiere decir eso?- apremió Sirius, molesto.
- El accidente fue más serio de lo que esperábamos- dictó, sin quitar su vista del muchacho postrado en la camilla.- No voy a mentirte. El daño es muy severo, pero eres un muchacho fuerte, por lo tanto estamos siguiendo un procedimiento que…
- No… no quiero procedimientos- dictaminó Harry agudizando su mirada. Sirius, turbado, se alejó de la ventana para acercarse a su ahijado sin entender sus últimas palabras.- No quiero procedimientos que salven mi vida. Sólo quiero uno… que salve a Hermione.
- ¿De qué estás hablando?- quiso saber su padrino bajo un tono más agudo. El moreno evitó mirarlo a los ojos. Suspiró trabajosamente a causa del dolor y sintió el sabor metálico de la sangre en su garganta.
- Llame al doctor Dumbledore. Necesito hablar con él.- McGonagall vaciló un segundo ante su petición, pero finalmente optó por obedecer. Sirius se sentó a su lado. Con el ceño fruncido debido a la angustia, no quería darse ninguna chance de creer lo que estaba pensando. Ni siquiera podía decirlo en voz alta sin temblar completamente. Tomó las manos del muchacho y pidió una explicación sin palabras.- Tengo que hacerlo, Sirius. Entiéndeme, por favor.
- ¿De qué hablas?.... ¡No! ¿Cómo me pides que entienda algo así?
- Este accidente llegó como una bendición. Ya no hay nada qué hacer…
- ¡Claro que sí! ¡Sólo debes luchar y te recuperarás! ¡Lucha!- Harry volvió a negar en silencio. Se mordió los labios heridos buscando fortaleza para seguir hablando.
- Si lo hago y ella ya no está aquí… no tendrá sentido para mí haberlo hecho… ¿Recuerdas cuando mis padres murieron?- su padrino desorbitó sus ojos. El moreno jamás quiso mencionar ese tema y su primera reacción fue hacerlo callar, pero lo pensó mejor y lo dejó continuar.- Pude haber salvado a mi madre. Compartíamos el mismo tipo de sangre escaso, sin embargo, fue demasiado tarde. Ahora… soy el único que puede salvar a Hermione.- un silencio terrible gobernó la habitación. Luna ahogó un gemido y Ron quedó paralizado.
- ¿Cómo sabes eso?
- Porque hicimos exámenes de compatibilidad… - respondió Dumbledore desde la puerta de la habitación al llegar. Sirius se puso de pie con los puños apretados, enfrentándolo.
- ¡Usted! ¡Usted lo convenció de esta locura!
- Por supuesto que no. Fui el primero en oponerme a la petición de Harry. Me negué tajantemente el día que se examinó y descubrimos que era compatible - replicó el doctor acercándose a la camilla hasta quedar a un lado del muchacho. No deseaba que las cosas fueran así.- ¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? ¿De lo serio que es esto?... Deja que el destino haga su trabajo…
- Ella no morirá si puedo impedirlo- rebatió el joven desplegando seguridad y testarudez en el brillo de sus ojos.

Con la voz elocuente de un expositor, el anciano decidió explicar sobre los exámenes a los que Harry había sido sometido bajo sus propias exigencias. Dumbledore tuvo que admitir que jamás se le pasó por la cabeza las reales intenciones del moreno hasta que vio la compatibilidad de ambas cajas torácicas y tipo de sangre. Eran idénticos. Sorprendido ante los resultados, comprendió que el joven lo sabía de antemano y no se mostró afectado sino que aliviado al confirmarlo. Fue una clara señal de alerta y el doctor trató de convencerlo de que no cometiera ninguna estupidez. Ahora, la mano del destino había entrado una vez más en juego y provocado la actual situación que favorecía las intenciones del ojiverde.
Sirius recordó la mañana en que su ahijado había llegado callado a casa y con un sobre blanco bajo el brazo: Los resultados médicos, no cabía duda. ¿Acaso durante las noches que lo veía en vela estaba considerando seriamente quitarse la vida para darle su corazón a Hermione? Se sintió mareado y con claros signos de querer vomitar su miedo. Harry se dejaría vencer por ella. Se dejaría morir por salvarla. Los cabos comenzaron a atarse creyendo que Dios se estaba burlando en su humor irónico. Meneó la cabeza para disolver la bruma que cubría su mirada. Se trataba de su ahijado, de su hijo heredado que amaba como si llevara su sangre en las venas. Sollozó a modo silencioso. Sabía que nada podía hacer. El chico estaba enamorado y tenía un valor tan inmenso que no dudaba en que se sacrificaría por amor.

- Sirius… es mi responsabilidad- le dijo Harry de pronto. Su padrino limpió sus lágrimas para mirarlo mejor- Hermione es mi esposa y la amo.- bajo esa afirmación, el hombre se desmoronó.
- ¿Por eso te casaste tan deprisa?
- Por eso y porque la quise mía. Si me amas tienes que dejarme hacerlo.- Sirius tardó una eternidad en reaccionar. No concebía lo que estaba viviendo. Luego de mirarse profundamente el uno al otro, Harry dirigió sus ojos hacia el doctor Dumbledore- Necesito ver a Hermione… antes de que comencemos.
- De acuerdo, hijo. Te llevaremos con ella…





El pitido constante del electrocardiógrafo a un lado de la camilla, rompía con la paz absoluta que había en aquella sala de Cuidados Intensivos. El aparato seguía el latido del cansado corazón de la castaña, quien continuaba extraviada en la inconsciencia como una doncella hechizada. Harry procuró verse lo mejor posible. Ayudado por varios enfermeros que lo sentaron en una silla de ruedas, lo empujaron hasta quedar a un lado de ella, muy cerca. El dolor que sentía en su cuerpo y el sabor de la sangre en su boca era humanamente difícil de soportar. Sin embargo, al tenerla frente a él todo ese malestar desapareció como por arte de magia. Allí estaba Hermione, el amor de su vida, su esposa, su compañera. Maldijo para sus adentros aquella suerte de amantes desafortunados. Con su brazo sano, llevó su mano al rostro de la muchacha casi perdida entre tantos tubos y cables. La enfermera que atendía a otros dos pacientes en sus camas a distancia prudente, los miró bajo una expresión triste, acongojada. Acostumbrada a tener que lidiar con la muerte todos los días. Harry reprimió un gemido dolido al tratar de moverse más de la cuenta. La hemorragia interna que lo estaba invadiendo comenzaba a hacer estragos en sus pulmones y tosió un poco, ahogado. No había mucho tiempo. De pronto, cuando creyó que nunca volvería a ver esos ojos ambarinos que adoraba, la muchacha despertó lentamente de su ensueño. Algo que nunca antes había sucedido en un paciente de tales condiciones. Justo y como se conocieron, ambos se quedaron observando por minutos indefinidos sin romper la pausa. El moreno le acarició la mejilla nuevamente, tratando de fingir normalidad. Hermione abrió y cerró la boca buscando su voz perdida. Él le pidió no esforzarse, pero la joven insistió oyéndose muy despacio.

- ¿Qué ha pasado?
- Te fuiste unos momentos, mi amor… pero ya estás aquí.- le dijo, sin poder detener el temblor en su mentón. La castaña tensó sus labios antes de volver a hablar.
- ¿Es… hora de despedirnos?- Harry negó con la cabeza.
- No, entre nosotros nunca habrá despedidas.- afirmó. Hermione lo observó mejor y reparó en sus heridas que se notaban recientes en el rostro.
- ¿Qué te sucedió?
- Descuida, sólo tuve un pequeño accidente en la moto- dijo con tal desenfado como si comentara del mal día que tuvo en el trabajo. La muchacha frunció su ceño.
- De seguro por hablar por celular… te dije que era peligroso.- el moreno sonrió y le besó una mano atravesada por el catéter.
- No te preocupes, lo importante es que te pondrás bien.
- Harry…
- Es verdad, ha llegado un corazón nuevo para ti, uno fuerte- la mirada de la castaña cambió radicalmente. Le fue difícil de creer. Después de tanto tiempo esperando, después de tanta angustia vivida, por fin un órgano de sus especiales características había llegado para salvarla.
- ¿Cómo es posible?
- Los milagros existen- la animó y tuvo que mirar hacia otro lado por miedo a que leyera en sus ojos la cruda verdad. Su pulso se mantenía acelerado, débil, y el dolor se intensificó en su pecho. Harry consumió el gemido en su garganta para no delatarse en su agonía.
- Amor, tengo miedo- dijo la chica, apretando la mano de su esposo.
- Tranquila…- la consoló- después de esto, no habrá sido más que un mal sueño… siempre estaré contigo- aquella última frase quedó flotando entre ellos por largos segundos. Una lágrima logró escaparse por la comisura de sus ojos. Agregó- Ahora descansa, mi vida… mañana será un nuevo día…




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Hermione se mantuvo sumergida en los sueños inducidos por la anestesia por casi setenta y dos horas luego de la intervención. El equipo médico responsable de su bienestar, controlaba sus nuevos latidos y cuidaba de los puntos en el esternón a base de limpiezas con alcohol y yodo. La máquina resonaba a su lado sin pausas mientras que el doctor Albus Dumbledore tomaba notas a su lado midiendo el ritmo cardiaco. El facultativo miraba a su querida paciente con los ojos azules llenos de esperanza. Haber llevado a cabo aquella operación en el quirófano, había sido uno de los momentos más intensos en su vida profesional: una pareja de jóvenes enamorados truncada por el destino indetenible, estaban a merced de su hábil bisturí. Recordó a ese chico valiente, Harry Potter, recostado en la camilla a un costado de Hermione. Ella dormía, él estaba a punto de hacerlo y le cogió la mano antes de perderse también en el aturdimiento. Albus no pudo evitar el nudo que le ató la garganta al presenciarlo. Horas después, el trasplante fue logrado con éxito. La fortaleza de la castaña para soportar toda la intervención fue clave para recibir el órgano vital en su pecho abierto. Instantáneamente, al momento de ser conectado a su nuevo cuerpo, el corazón comenzó a bombear de manera apasionada. Los médicos sonrieron al unísono.

Por otra parte, los padres de la paciente encerraron a Sirius Black en un abrazo fraternal y significativo. Agradecieron indirectamente el heroico sacrificio de Harry sabiendo que estaban en deuda con él por toda la eternidad. Sirius apenas pudo hablarles. Aún no podía creer la decisión de su ahijado pero no estaba sorprendido. Sabía que él haría algo así debido a su entrega incondicional a la hora de amar. Recibió los abrazos en silencio tratando de no romper en llanto. Tonks, Ron y Luna, miraban la escena encogidos en los asientos de la sala de espera. Cada uno en su dolor personal, revivía los momentos compartidos con ese fotógrafo que había logrado capturar lo mejor del mundo en sus imágenes. Ron, el fiel pelirrojo, recordaba los años de escuela junto a él donde las travesuras infantiles rompían con la tediosa rutina de los estudios. Una sonrisa surcó sus labios al rememorar una que otra clase de química con el profesor Severus Snape, y los experimentos fallidos que en más de una ocasión explotaron o abrieron hoyos en la superficie de la mesa. Aquel maestro caía en un ataque de rabietas que siempre los llevaba a quedarse más tarde limpiando el desastre. Sus lágrimas se volvieron abundantes. Luna lo miraba en su ensimismamiento y lo abrazó cariñosamente para consolarlo.

- ¿Cómo le diremos a Hermione todo esto?- preguntó Tonks, con su voz desgarrada.
- Sólo hay que decirle la verdad- respondió Luna.
- No lo entenderá, habrá preferido morir también, tal como lo pensaba él.- comentó Ron y las chicas se miraron entre sí adivinando el temor en sus miradas…




El viento con aroma a tierra mojada y hojas secas, llevó a la joven castaña a aspirar a todo pulmón. Hermione miraba hasta donde le alcanzaba la vista viendo desplegarse ante ella un prado tan extenso que se asemejaba a un océano vegetal. Los rayos del sol atravesaban las nubes delgadas que se atrevían a cubrirlo y los cadejos de brillo caían sobre su rostro y cabello formando chispas doradas. Ella sonrió y extendió sus brazos hacia los lados. Nunca se había sentido tan bien. De pronto, a lo lejos, vio una silueta acercarse con andar resuelto. Hermione agudizó la vista y reparó que se trataba de Harry, su Harry. Corrió a su encuentro tan velozmente como siempre había querido. Al encontrarse, la chica se lanzó a sus brazos de un brinco. El muchacho dio vueltas con ella unos segundos hasta dejarla de pie sobre la hierba, se mantuvieron abrazados por largo tiempo antes de besarse en los labios.

- ¿Dónde estabas?- le preguntó la castaña.
- Rondando por aquí, pendiente de ti siempre.
- Creí que no volvería a verte- Harry se mostró emocionado, y le acomodó algunos cabellos tras la espalda delicadamente. Se veía tan hermosa y sana que no pudo contener la felicidad en su semblante. Guardó silencio y Hermione lo observó con mayor detenimiento frunciendo su ceño.- ¿Qué sucede?
- Prométeme que pase lo que pase, lucharás por vivir.- esa petición por parte del moreno la llevó a tragar saliva amarga.
- ¿Por qué me dices eso?
- Prométemelo- insistió Harry, serio. La muchacha dio un paso atrás, negando con su cabeza.
- ¿Qué ha sucedido? ¿Qué has hecho?- el aludido no le respondió y evadió su mirada. Hermione sintió que su pecho se comprimía de la angustia. Se llevó las manos al rostro al comprenderlo gracias a su conocida suspicacia.- ¡No! ¡No es cierto!- Harry la refugió entre sus brazos, estrechándola contra su pecho fuertemente. - ¡No! ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste?
- Tenía que hacerlo, mi amor… ibas a morir y sólo yo podía salvarte.
- ¡Debiste permitirlo, era mi destino no el tuyo!- exclamó, descontrolada. El moreno la cogió del rostro para mirarla de frente.
- Mi destino era cuidar de ti y amarte. Eso fue lo que hice- le afirmó con tal decisión que logró estremecerla.- Ahora tu destino es vivir por los dos. Vive.
- No puedo hacerlo sin ti… te amo… - gimió Hermione, besándolo desesperadamente sintiendo el sabor salado de sus lágrimas.

No cabía en la mente de la muchacha aquella drástica decisión del hombre que amaba. No quería abandonar jamás ese paisaje que los resguardaba a ambos porque era feliz a su lado, no podía imaginarse una vida sin él sosteniendo su mano, sin besar su boca fresca ni compartiendo intimidades en la suavidad de su cama. Lo necesitaba. Acurrucó su rostro contra el hueco de su cuello, aspirando su perfume tal y como lo recordaba. ¿Por qué la vida los había juntado para luego separarlos de esa forma? ¿Habían cumplido un plan trazado por Dios y sólo debían aceptarlo? No… Hermione no lo aceptaba. Se apretó más contra él sin intención de soltarlo. Sintió que era como tratar de atrapar humo con las manos desnudas. Sentía que desaparecería de un momento a otro y lloró mojándole la camiseta.

- Debes despertar, mi amor- le dijo de pronto y la castaña meneó la cabeza enérgicamente para demostrarle que no quería dejarlo por nada del mundo.- Por favor… debes despertar.
- No quiero irme y ver que ya no estás conmigo. Deja que me quede aquí, por favor… - Harry sonrió alejándola un poco para besar su frente.
- Como te dije, siempre estaré contigo- le dijo posando la mano en su pecho, dichoso de sentirlo latir. Hermione apretó sus ojos sabiendo muy bien a lo que se refería.- ¿Me harías el favor de decirle a Sirius que estoy bien y que me perdone?- ella asintió.
- Te amo.
- También yo.


El viento cálido de ese paraje se volvió un poco más frío llevándola a sentir cómo su piel se erizaba. Poco a poco, la nitidez de la imagen comenzó a diluirse como espejismo hasta que los ojos verde esmeralda de Harry se esfumaron completamente. La castaña comenzó a sentir voces lejanas interrumpiendo su sueño y abrió sus párpados lentamente. Sentía su cuerpo pesado al igual que las cobijas que parecían bloques de concreto sobre ella. Parpadeó un par de veces para despejar su vista de la cortina nebulosa que la cubría y miró a su alrededor. A su costado, sus padres estaban platicando entre ellos a un lado de la ventana, a sus pies, notó que el padrino de Harry, Sirius, dormía en una incómoda silla cerca de la puerta acompañado de Tonks, Ron y Luna. Cada uno de ellos se mostraba desvelado y agotado. Tal y como lo esperaba, a su esposo no lo halló por ninguna parte. Sollozó comprendiendo que así sería desde ese momento en adelante. Sus padres la oyeron volteando hacia ella para recibirla de regreso con una lluvia de besos. Sirius brincó desde su asiento para acercarse a la chica sin saber qué decirle ni cómo reaccionar.

- ¿Cómo te sientes?- quiso saber su madre, acongojada.
- Como si me hubieran sacado el corazón y puesto otro en su lugar- contestó Hermione con la misma agudeza que la destacaba. Todos en la sala se obligaron a sonreír a pesar de la gran carga que tenían sobre los hombros de ponerla al tanto de la difícil situación. Albus Dumbledore cruzó el umbral a paso sosegado. La seriedad en su rostro decía más que mil palabras y la castaña lo sabía muy bien. Se notaba a simple vista que los presentes no hallaban palabras para explicarle los acontecimientos pero ella decidió darles una mano.
- Hermione… hay algo que debo informarte…- comenzó a hablar el anciano. La joven hizo un ademán para detenerlo a mitad de su discurso.
- Lo sé, lo sé. Sé que Harry ha salvado mi vida.- dijo, provocando en todos los que estaban dentro de esa habitación una desorbitante perplejidad. Sirius mordió sus labios recibiendo la mirada de ella a través de sus lágrimas. – Me encargó decirte que está bien… y que lo perdonaras.- nadie podía creer lo que estaban oyendo, ella y Harry se habían comunicado más allá de lo físicamente posible. No existían fronteras para el amor. El aludido rió brevemente al escucharla.
- Gracias, y créeme que ya lo he perdonado.- dijo, casi susurrando.
- ¿Necesitas algo?- preguntó Tonks desde donde estaba. Hermione sólo suspiró.
- Quiero dormir un poco más si me lo permiten… - aclaró y cada uno fue despidiéndose de ella para salir del cuarto hacia el pasillo del hospital. La joven, sumida en el silencio y la soledad, se acomodó cuidadosamente en la camilla y cerró sus ojos. Tenía la esperanza de volver a encontrarse con Harry en sus sueños. Quería volver a abrazarlo. Sonrió sabiendo que algún día volverían a reunirse.

.*. FiN.*.