lunes, 28 de febrero de 2011

My Heart Will Go On - parte I

Un recuerdo de two shots que removió cimientos... espero q a los que no lo han leído les guste...

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"My Heart Will Go ON"
(Primera Parte)



- Debes ser más cuidadosa, Hermione.
- Lo sé, no volverá a pasar- aquellas palabras tantas veces repetidas e irrespetadas por la joven, no consiguieron la credulidad esperada.
- No me mientas. Ya es la tercera vez en dos meses.

No pudo sostenerle la mirada. Ese anciano sabía perfectamente cómo persuadirla con sus benevolentes ojos azules. Con la luz de la mañana entrando a través de las persianas de aquella oficina, Hermione Granger optó por fijar su atención en el paisaje fuera de la ventana. La joven de veinticinco años, suspiró a cabalidad tratando de controlar su mal humor. Se sentía una niña regañada y el rubor en sus mejillas le resultaba muy difícil ocultarlo. Sentado frente a ella, Albus Dumbledore se mostraba preocupado. Unió las yemas de sus largos dedos con bastante aplomo observándola silenciosamente. En el interior de su despacho de Director General del conocido Hospital de Harefield, al oeste de Londres, sostenía una seria conversación sobre el estado de salud de la muchacha de cabello castaño y ojos ambarinos. Le tenía un gran cariño desde que fue su alumna en la universidad y no permitiría que siguiera con sus descuidos por testaruda.

Hermione era una reciente egresada de la carrera de medicina. Como toda amante de la ciencia, una vez obtenido su título inició una prometedora especialización en medicina interna. Era una joven talentosa y muy inteligente, quien bajo la tutela del doctor Dumbledore, consiguió una beca completa para cubrir los gastos de su colegiatura. Sus padres, odontólogos de profesión, estaban orgullosos de sus logros alcanzados. La apoyaban en todas sus decisiones a pesar de haber preferido que siguiera la tradición familiar y se hubiese convertido finalmente en dentista. Sin embargo, la muchacha quería salvar vidas. Desde muy pequeña siempre estuvo preocupada del bienestar físico de sus seres queridos, en el preciso momento en que miró a través de un microscopio o tocó la sangre con sus dedos, que supo que quería ser doctora. Por otra parte, en sus tardes libres se refugiaba en otra de sus pasiones que le ayudaba a romper con la pesada rutina. Después de sus turnos en el hospital, frecuentaba una escuela de danza en donde practicaba casi todos los días. Adoraba el arte de la expresión corporal y pasaba largas horas bailando frente a un enorme espejo del techo al suelo. Era el único lugar en donde se sentía libre. Tal como en su carrera facultativa, Hermione poseía talento para el baile. Parecía que nada era imposible para ella. Su profesora, Nymphadora Tonks creía en eso. Admiraba mucho la gracia y sencillez de sus movimientos. Siempre había pensado que los científicos eran unos seres insípidos y rígidos como robles, pero al conocerla supo que se había equivocado convirtiéndose en una de sus favoritas en clase.

No obstante, aquella plática en el despacho del doctor Dumbledore no eran buenas noticias. Bajo una niebla de incomodidad y reproche, ambos permitieron que una pausa les robara la voz por unos momentos. Hermione no quería escuchar lo que toda su vida llevaba temiendo. Sabía su condición y lo que debía hacer para cuidarse, pero no podía vivir limitada, era como encerrar a una golondrina durante la primavera. Se sentía agobiada. Resultaba una cruel ironía del destino: una chica de sólo veintitantos, doctora en medicina, amante del baile, bella y talentosa… con una enfermedad cardiaca que le cortaba las alas de raíz para no poder volar. Por millonésima vez, resopló con amargura su mala suerte. Sólo pensaba en lo fastidioso que era no poder agitarse como lo deseaba, sin sentir la típica falta de aliento y dolor en el hombro izquierdo del que ya se había acostumbrado. La noche anterior, durante la clase de danza moderna, efectuó un salto brusco y repentino que la llevó a tenderse en el piso al aterrizar, notoriamente afectada y dolorida. Tonks junto con otros miembros de la escuela, fueron en su auxilio viendo que estaba sufriendo una arritmia cardiaca. Hermione mantuvo en secreto su estado lo más que pudo hasta que la verdad salió a la luz ante la horrorizada profesora. De urgencia, la llevaron al centro asistencial más cercano para luego ser derivada al Hospital de Harefield. Una de las instituciones médicas especialistas en casos coronarios. Luego de pasar la noche normalizando sus latidos, el doctor Dumbledore decidió llamarle la atención. Sabía de sus actividades extra programáticas y su preocupación iba en aumento.

- Ya somos colegas, Hermione- le recordó el anciano- Sabes muy bien que no puedes realizar ese tipo de esfuerzo físico. Tus arritmias se han vuelto constantes.
- Conozco mi cuerpo, sé que puede resistir más que esto.- argumentó la joven, tozudamente.
- La Cardiomiopatía es una afección muy delicada. Hasta que no encontremos donantes no debes arriesgarte de esta manera. ¿Tus padres han venido?
- Están en una convención en América- aclaró la castaña, cabizbaja. Sólo la idea de tener que contarles de su nuevo ataque, la llenaba de impotencia- Vuelven dentro de unos días.
- ¿Les comunicaste lo sucedido?
- No quiero preocuparlos inútilmente. Están a horas de distancia y ya estoy bien. Eres el mejor médico del país.- Dumbledore la miró por sobre el marco de sus gafas. Sabía que estaba siendo condescendiente para no enfadarlo más de lo que ya estaba con ella. Más que una ex alumna, la miraba como a una nieta y su particular genio era como un desafío. Con suma parsimonia, se puso de pie tras su escritorio y dio por terminada la conversación.

La joven salió del despacho sintiendo el cuerpo ansioso. Siempre le sucedía cuando experimentaba el miedo de morir de un momento a otro. Se acarició el pecho a la altura del corazón, palpando sus latidos con algo de angustia. La Cardiomiopatía no era una afección sencilla. El bombeo anormal del músculo cardíaco causado por este daño al tejido, aumentan la cantidad de líquido que se retiene produciendo más sangre de lo normal. Debido a esto, las cavidades del corazón se dilatan ocasionando el engrosamiento de las paredes y el incremento del tamaño más allá de lo clínicamente aceptable. Por tanto, un transplante era la mejor de las decisiones. Hermione sabía muy bien toda esta información. Desde que comenzó sus estudios superiores que quiso enfocarse en la medicina y entender de forma técnica su condición, lo que se necesitaba y las implicancias de una intervención como aquella. No soportaba no saber sobre un tema que le interesara.

Después de zambullirse en un oasis de incertidumbres, se dirigió a la escuela de danza de Nymphadora Tonks. Lugar ideal para despejar su cabeza de tantos pensamientos atosigantes. Necesitaba eliminar la cantidad de adrenalina que circulaba por su cuerpo de alguna forma. Al llegar a la academia, escuchó a lo lejos una de sus canciones favoritas para bailar. La sonrisa enseguida estiró sus labios. Sin embargo, la profesora de eléctrico cabello violeta desorbitó sus ojos al verla detenida en el umbral. Respingó su nariz y detuvo la clase que estaba impartiendo para dirigirse a ella con el ceño fruncido.

- Te golpearé hasta matarte yo misma- le amenazó mientras se acercaba. Hermione asintió, resignada- ¿Tienes idea del susto que me hiciste pasar?
- Perdóname, Tonks, te juro que no quería que supieras de esa manera. Amo la danza y sabía que si te hablaba sobre mi problema de salud no me permitirías…
- Por supuesto que no- le interrumpió tajantemente.- Te has ganado mi cariño y por eso, debo cuidar de ti. No quiero ser la responsable de que algo malo te suceda.- La castaña no pudo decirle nada. Sabía que había cometido una irresponsabilidad, pero gracias a su naturaleza competitiva consigo misma se negaba a sentir lastima de sí exigiéndose hasta los límites. Dos jóvenes pertenecientes a la escuela y amigas de Hermione se acercaron al verlas conversar. Ginny Weasley, una pelirroja de cuerpo delgado y bien definido, abrazó a la recién llegada con notoria angustia. Parvati Patil, otra de sus compañeras, también hizo lo mismo, feliz de que estuviese recuperada tan pronto. Al igual que Tonks, ellas presenciaron el triste episodio de su arritmia durante la clase. Estuvieron en el hospital casi toda la noche esperando noticias de su estado hasta que el mismo doctor Dumbledore les pidió que fuesen a descansar.
- No me digas que has venido a bailar- dijo Ginny, mirando el bolso de gimnasia que Hermione llevaba al hombro.
- Sólo vine a hablar con ustedes y a presenciar la clase- sus inocentes palabras no fueron creídas por Tonks, quien la miró agudamente.
- En primer lugar, no te creo. En segundo, has llegado un poco tarde porque la clase ha finalizado. Espéranos un momento mientras nos cambiamos. Tenemos mucho qué conversar- puntualizó la profesora, caminando junto a todos sus alumnos hacia los camerinos en la parte trasera de la amplia sala de baile.

El silencio gobernó la estancia. Hermione caminó hacia el largo espejo acariciando la barra horizontal de hierro que se estiraba de pared a pared. Amaba ese lugar. El sol entraba por los postigos de las enormes ventanas y rebotaba en el lustroso suelo de madera pulida. Cerró un momento los ojos imaginándose sobre un escenario, bailando al son de los acordes de una melodía envolvente. Era su escape. La danza era una salida exquisita de toda la mierda que vivía diariamente. Si bien le gustaba la medicina, el baile era el deseo irrefrenable de su corazón enfermo… ¿Por qué debía sufrir aquella afección con tales metas en su vida? Dejó el bolso a un lado y caminó hacia el centro de la pista. Se miró unos instantes en el espejo. Trató de reconocerse tras ese velo de miedo que ensombrecía su semblante y sonrió. No podía sentirse triste bajo ese techo. Hizo unos movimientos circulares con sus manos, con sus dedos, luego estiró los brazos sobre su cabeza y comenzó a danzar despacio, repasando algunos pasos que adoraba hacer cuando se sentía intranquila. No buscaba agitarse, sólo necesitaba volar lejos de su fatigada realidad.


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Volver a Inglaterra siempre le llenaba los pulmones de renovado entusiasmo. Harry Potter, descendía del avión con su maleta de trabajo aferrada en su mano y una gorra azul en la otra que luego calzó en su cabeza. Mientras esperaba su otro bolso junto con los demás pasajeros, el joven de cabello oscuro y ojos expresivamente verdes, miró a través del vidrio del aeropuerto notando que sería un día hermoso en su país. Por fin, un viaje más de trabajo había finalizado y resopló su agotamiento sintiendo la diferencia horaria en el cuerpo.

Harry era un fotógrafo de arte contemporáneo. Sus obras eran reconocidas por los entendidos en el rubro alrededor del mundo y había viajado hasta Sudamérica en busca de la fotografía perfecta. Casi seis meses estuvo deambulando por aquellas latitudes capturando rostros, miradas, caminos, lluvias, gotas de rocío, campos de nieve. El muchacho de veintiséis años tenía la facultad de ver más allá de una simple imagen, logrando muchas veces ser asertivo en el momento de tomar una fotografía. Podía transformar lo ordinario en extraordinario siendo sus exhibiciones muy bien catalogadas. Sin embargo, había descendido del avión con una ligera amargura. A pesar de tener la memoria de su cámara al máximo de su capacidad, no se sentía conforme. Necesitaba algo más, siempre la mejor fotografía para un artista es la que aún no había sido tomada y estaba insatisfecho. Recorrió las calles de su Londres natal arriba de un taxi, observando a la gente transitar sumida en sus quehaceres. Ya nadie tenía tiempo para mirarse a los ojos y reconocerse.

Aquel joven desgarbado era el hijo único de un matrimonio ya ausente. Sus padres habían perdido la vida en un accidente automovilístico siendo presenciado por él en el momento en que el vehículo era embestido por otro violentamente. Habían pasado tres años y aún podía oír sus propios gritos cuando dormía por las noches. Su padre, James, murió de forma instantánea en el lugar; su madre, Lily, por otro lado, alcanzó a llegar hasta el centro asistencial pero había perdido mucha sangre. Nada pudieron hacer por ella y Harry se odió debido a la maldita impotencia de no poder hacer nada. Nunca quiso hablar de ello. Ni siquiera con su padrino, Sirius Black, el único familiar que le quedaba con vida.

- Algún día tendremos que hablar sobre lo que pasó- le decía a su ahijado. Éste negaba con la cabeza, testarudamente.
- No hay nada qué decir al respecto.

Desde aquel accidente, las obras de Harry cambiaron su esencia. Sus fotografías destilaban melancolía, soledad, desesperanza, los colores que llenaban las láminas llevaban consigo un dejo de tristeza incierta que muy pocos lograban identificar. El moreno no lo había planeado así. Era como si algo en su interior tomara las riendas de su talento y fotografiara por él. No lograba superar lo sucedido creyendo firmemente que pudo hacer algo para salvarle la vida a su madre, pero el destino no lo quiso así. Nunca olvidaría aquella larga noche en la sala de espera. Sirius, quien había llegado hasta el hospital junto al mejor amigo de Harry, Ronald Weasley y su prometida Luna Lovegood, lo vio encogido en un rincón con las rodillas al pecho. Aquello lo desconcertó, nunca había visto a Harry llorar de esa manera. Corrió para abrazarlo y darle su consuelo. Sus amigos, en tanto, se quedaron de pie sin saber qué hacer para brindarle su apoyo. Fue entonces, donde la bomba caería sobre ellos con las palabras más temidas dichas por un médico: No pudimos salvarla. Lo lamentamos muchísimo. Fue todo. El mundo perfecto en el cual el ojiverde vivía a gusto, se había transformado de repente en un bosque oscuro, maloliente y sin sentido. Había perdido a su familia en menos de una hora creyendo que moriría gracias al dolor abrasante en sus entrañas. Se quedaron allí hasta el amanecer para realizar el papeleo ingrato de la muerte.

Ron, el leal chico de cabello pelirrojo, sugirió a Harry que fuese a vivir a la mansión de la familia Black, en donde Sirius moraba como último heredero. Había mucho espacio bajo entre esas cuatro paredes y no quería que estuviese solo en su departamento de West Hampstead bajo ninguna circunstancia. Harry insistió en que estaría bien pero Sirius apoyó la decisión preparando al día siguiente una de las habitaciones para el arribo de su ahijado. Desde entonces, vivían juntos en aquella antigua casona, tratando de reconstruir el calor de hogar a punta de perseverancia. Luna Lovegood hizo lo suyo. Como buena amiga del fotógrafo, la joven de ojos soñadores decoró el cuarto con su excéntrico gusto para poder animarlo. Si bien nunca supo qué decir en momentos difíciles como esos, bien podía expresar su apoyo con detalles. Pintó las paredes, cambió muebles, compró cortinas, colgó un colorido cuadro de Jackson Pollack- cortesía de su propia colección- y estiró una hermosa alfombra hindú a un lado de la cama. “Creo que al final te daré mi cuarto y yo me quedaré con éste”, le comentó la rubia al ver su trabajo finalizado.

Harry sonrió al recordarlo. Mientras miraba por la ventanilla del taxi decidió visitar a la prima de su padrino para informarle de su regreso a Inglaterra. Sabía que todavía era temprano y que de seguro estaba por terminar alguna clase. Nymphadora Tonks siempre era puntual en su escuela de danza. Aquella alocada bailarina siempre lograba inyectarle energía directo a las venas. Desde que tenía memoria, sus comentarios y bromas oportunas aligeraban hasta el más tenso de los ambientes. Necesitaba conversar con ella para hablarle de su inquietud e insatisfacción profesional. Tenía miedo de haber perdido el olfato fotográfico y requería de una segunda opinión con respecto a las imágenes adquiridas en su viaje. Por otro lado, también estaba Ginny Weasley, su ex novia y hermana de Ron, consideró que no le vendría mal beber una copa después de tan largo viaje. Cuando descendió del coche caminó hasta el inmueble sin aviso para sorprenderlas. Cuidadosamente, ingresó por el pasillo principal que daba al gran salón de baile aminorando sus pasos. Esperaba no ser advertido por nadie ya que había mucho silencio flotando en el ambiente. Paseó la vista buscando a su amiga hasta que una imagen detuvo su andar convirtiéndolo en piedra. Frente a él, una joven castaña bailaba pausado, sola, sin música ni espectadores. Tenía los ojos cerrados, como si nadie más existiera en el mundo además de ella. Su espesa melena caía por sus hombros adquiriendo vida propia. La proyección de luz solar en su cuerpo era divina, celestial. Harry no podía moverse ni dejar de mirarla. Tragó saliva no muy consciente de sí mismo y comprendió que la contracción en su estómago sería algo más que puro embeleso. Estaba aturdido de tanta belleza, de tanta abstracción. Se movía lento, contorsionando su espalda en un lenguaje intrínseco, como si lo invitase a una conversación callada sonriéndole con el cuerpo. Se llevó la cámara fotográfica a las manos y capturó ese baile privado sabiendo que era la imagen que estuvo buscando desde hacía semanas… o toda su vida. Había viajado miles de kilómetros para comprender que todo lo que soñaba como musa inspiradora estaba allí, en Londres. Era realmente hermosa y ajustó la lente. De pronto, la chica abre sus ojos despacio reparando en el moreno que la espiaba desde la puerta. Se detuvo en seco, avergonzada de haber sido fotografiada.

- Por favor, no te detengas por mí- le dijo Harry, ruborizado.
- ¿Cuánto tiempo llevas ahí?- preguntó Hermione, duramente. La pausa posterior fue eterna antes de ser por fin respondida.
- Lo suficiente para saber que eres una bailarina muy apasionada.
- ¿Quién eres tú?- al oírla, el moreno se encogió de hombros.
- Nadie.

Se quedaron observando sin palabras por varios segundos. Ninguno sabía qué decir ni qué hacer. Harry nunca había sido un donjuán con las mujeres. Muchas veces quedaba sin palabras ante ellas pero en aquella ocasión resultaba muy diferente. El rostro perfecto de esa chica lo hipnotizaba. No creía poder acercarse a ella sin caerse a pedazos en el intento. Le tuvo miedo por lo que podía hacer con él sin siquiera pretenderlo. Hermione caminó hasta su bolso para cogerlo y colgárselo al hombro. Se sentía abochornada. Estaba bailando sumida en su pena e incertidumbre cuando de repente descubre que estaba siendo estudiada por un extraño. Aquel atrevimiento la llevó a mirarlo con molestia. Quiso increparlo, sin embargo no dijo nada. La forma en que la miraba la hacía sentirse bella, como nunca antes.

- ¡Harry, qué gusto verte!- vociferó Tonks, saliendo de los camerinos y rompiendo la magia. Corrió hacia él para abrazarlo.- No sabía que volvías hoy… Veo que ya conociste a Hermione.
- Acabo de tener el placer- se atrevió a decir el joven- Lindo nombre, por cierto.- la aludida se sonrojó todavía más. Miles de preguntas se estrellaron contra ella sin poder siquiera ordenarlas. Su curiosidad por saber quién era ese tipo resultaba insoportable. Jamás nadie le había llamado la atención de esa manera. Sus ojos, insondablemente verdes, la habían hecho su presa.
- Ella era una de mis alumnas.- presentó la profesora de cabello colorido. Harry alzó las cejas.
- ¿Era?
- Es que me torcí un tobillo hace muy poco- interrumpió apresuradamente Hermione- Por eso he debido abandonar las clases… por un tiempo. – Tonks la miró, ceñuda. No entendió por qué había mentido de forma tan descarada en su presencia.
- Espero que te recuperes pronto, por lo que vi tienes mucho talento- agregó el fotógrafo.

Algo hizo conexión en su interior. Para Harry, sólo ella estaba dentro de esa sala. Nadie más. Al mirarla se sentía como en casa, como si hubiesen sido cómplices en alguna vida pasada, y eso que no creía en el karma. Ginny y Parvati se unieron a ellos pero el muchacho ni siquiera se había dado cuenta. Si bien, la pelirroja era su ex novia, se había hecho costumbre en ellos volver a dormir juntos para apaciguar las ansias de la soledad. No obstante, desde aquel día todo habría de cambiar. El universo se concentraría en una sola persona. Las piezas del enorme rompecabezas que era su vida comenzaron a calzar a la perfección. Descubrió que a pesar de no haberlo creído posible, existía alguien con el poder de hacerlo sentir vulnerable y valiente a la vez.

Luego de unos minutos, salieron de la escuela de danza para beber algo en un bar cercano. Para sorpresa de las chicas, la plática entre Harry y Hermione se desató con suma facilidad. Sentados todos en la mesa, resultaba evidente la química que se había generado entre ambos monopolizando los temas e incluso interrumpiéndose en sus debates. Tonks miraba a la joven castaña de reojo sabiendo que nunca había visto semejante luz en su mirada que cuando miraba a su amigo al hablar. Aquello le agradó sobremanera pero un dejo de inquietud pululó en su estómago. Un soplo claro de presentimiento. Tenía intenciones de conversar con ella sobre su estado de salud, conocer la real gravedad de su condición, después de todo para eso se habían reunido. Sin embargo, su interpretación de señales le advirtió que debía guardar silencio y esperar un instante más apropiado. O en otras palabras, en un instante en que no estuviera Harry.

La tarde se había dejado caer, la brisa refrescó acariciando las hojas en las copas de los árboles y los chicos abandonaron el local para despedirse. Eso fue una voz de alarma para el joven fotógrafo, quien no quería dar por terminada la velada pero no quería agobiar a Hermione tan pronto, no era de caballeros. Al volver a la mansión, sus pies pisaban nubes. Tenía la cara sonriente y no podía disimular el talante de hombre maravillado. Aquella noche no cenó, se encerró en su habitación para revivir las desequilibrantes horas que había pasado conociendo a esa mujer increíble. No podía sacarse de la cabeza el baile privado que había presenciado. “Hermione, Hermione”, repitió en voz baja, envolviéndose de aquellas sílabas a medida que las pronunciaba. Sentado frente a su laptop, el muchacho descargó la fotografía tomada en el salón y al desplegarse por la pantalla, quedó igualmente sin aliento. Allí estaba, la joven que le había robado la cordura esa misma tarde. Admiró la imagen en todo su esplendor. No pasó por alto ni el más mínimo detalle. La expresión triste en su rostro, la tensión en sus labios, lo estremecieron… ¿Qué pasaba por su mente en esos momentos? Harry bien pudo dar uno de sus brazos por saberlo. La simetría de sus extremidades y sus pies de princesa sobre la madera pulida, su reflejo derramado por el suelo y el espejo devolviéndole su belleza con orgullo, lo embelesaron creyendo que había conseguido su obra maestra al fin. Sirius lo miraba desde el marco de la puerta de su habitación, preguntándose quién era la muchacha de la fotografía. Nunca había visto a su ahijado tan concentrado y no quiso interrumpirlo. Por primera vez, desde la muerte de sus padres, que lo veía con una sonrisa honesta en sus labios. Fuese quien fuese, ya había causado un cambio radical bajo el alto techo de la mansión Black. Esperaba que Harry fuese feliz pero tuvo la misma vaga inquietud que sintió su prima Tonks al interior del bar. Prefirió olvidarlo y ordenó unas pizzas para obligarlo a comer algo.

En ese preciso instante, al otro lado de la ciudad, Hermione estaba de pie ante el espejo de su cuarto. Se admiró a cuerpo completo unos segundos, tratando de encontrar en ella la belleza que vio en la mirada de ese chico que la había fotografiado. Cuando platicaron de diversos asuntos ignorando todo lo demás, no podía evitar sentirse hermosa como una actriz de cine o una modelo de alta costura. Tuvo miedo. Resultaba muy extraño que un manojo de emociones la atacara de esa forma con sólo unas horas de conocer a alguien. Parecía como si el destino hubiese intervenido para volver su tediosa vida en una historia mucho más intensa. No dudó en que volvería a verlo. Incluso, fue tal su certeza que a la mañana siguiente al llegar al hospital, no se sorprendió de tener en su camerino un rebosante ramo de azucenas blancas con una tarjeta: “Persuadí a Tonks para saber de ti. Espero que no te haya molestado. El fotógrafo indiscreto”, Hermione suspiró inevitablemente, necesitaba hacerlo o moriría asfixiada. El color marítimo de su mirada acudió a su recuerdo y supo que se había lanzado en picada en ellos para siempre. Si aquello no era amor a primera vista, entonces sufría de otro mal además del cardiaco.

- ¿Cómo te sientes hoy?- le preguntó de pronto Minerva McGonagall, una de las doctoras más prestigiosas del hospital, su amiga y brazo derecho del doctor Dumbledore.
- Todo va bien- respondió ella, un poco aturdida. La facultativa miró el ramo de flores entre sus brazos y le sonrió maternalmente.
- Más que bien, por lo que veo. ¿Quién es el Romeo?
- Sólo lo conocí ayer…
- A veces eso es más que suficiente.

Esa frase quedó en la memoria de la joven por el resto del día. No pudo concentrarse. Revivía a cada minuto el momento significativo de cuando sorprendió a Harry espiándola mientras bailaba, ensimismada. La vergüenza volvió a atacarla actuando como la típica Hermione, humilde e ignorante de su propia belleza. De pronto, cayó en cuenta de que estaba dejando a un lado lo más importante luego de tanto idealismo. Sin embargo, sacudió su cabeza infructuosamente para dispersar esos pensamientos. Deseaba ser feliz aunque fuese por unos instantes. Olvidar su realidad como cuando lo hacía al bailar. Para empeorar sus ansias, el ramillete de azucenas estuvo puntual cada mañana en su camerino por toda una semana. La sonrisa que la invadía le iluminaba la cara y todos sus colegas notaron su cambio repentino. El doctor Dumbledore la observaba de cerca viendo cómo su protegida flotaba del regocijo como una niña de quince años.

La castaña estaba embriagada de expectativas. Por más que intentara sonsacarle a Tonks dónde vivía Harry para darle las gracias por las flores de una vez por todas en persona, la profesora de danza se negaba. “No puedo arruinarle su idea de romanticismo”, le contestaba y Hermione quedaba peor que antes. Una noche, con el nuevo ramo dentro de un florero de cristal azul, la joven se imaginaba a ese chico misterioso cerca de ella. Mientras tomaba un baño de espuma a la luz de las velas, cerraba sus ojos imaginando lo que sería besar a ese hombre. No lo conocía bien, pero se conocía a sí misma para decir que magia expelía de él hechizándola completamente. La vida se encargó de coincidirlos por alguna extraña razón, eso lo daba por sentado. La espuma resbalaba por su pecho visualizando la boca de Harry probando su piel con delicadeza. Con sus manos traviesas, se recorrió a ciegas hasta el límite de su sexo pensando que él la acariciaba con sus dedos varoniles y se excitó mucho más. Mordió sus labios, deseando que ese fotógrafo se acercara pronto para ponerle voz a esas flores maravillosas…


- ¿Estás seguro de que no te mandará al diablo?- le preguntó Ron a Harry, escondidos tras un muro cerca del hospital en donde Hermione trabajaba.
- No lo estoy, sólo espero que no sea así.
- ¿Qué tiene esa chica que mi hermana no?- su voz sonó con algo de reproche. El moreno lo miró con otro tipo de seriedad.
- No quiero entrar a comparar, Ron.

Harry se había preparado para la ocasión. Sabía de antemano el turno que cumplía la castaña esa semana. Agradecía tener a Tonks de su lado como informante y añoraba verla para poder hablar con ella. Y no tuvo que esperar demasiado. La joven doctora salió del inmueble a paso resuelto. El típico andar de alguien seguro de sí mismo. Harry dejó a su amigo para correr al otro lado de la calle hasta alcanzarla. Los metros de distancia entre ellos fueron innumerables kilómetros que recorrió con el alma en un hilo. Al estar a sólo dos trancos la tomó de la muñeca sin planear hacerlo. Esperaba no asustarla ni quedar como un perfecto pervertido. Fue puro reflejo. Hermione, lógicamente, se volteó con brusquedad ante ese atrevido. Harry no se intimidó aunque era lo usual en sus actitudes de galán principiante. La saludó con timidez, le costó que la voz saliera de su refugio para hacerse escuchar. La muchacha le sonrió y nuevamente, el pecho del fotógrafo sufrió las consecuencias. Sí, ella era capaz de causarle un dolor exquisito.

- ¿Te gustaron las azucenas?
- Son mis favoritas- respondió ella.
- Suerte la mía- le dijo, sonando inocente y la joven le enarcó una ceja sin creerle. Agregó- ¿Quieres caminar conmigo?- Hermione sintió su estómago contraerse pero aún así, sonó segura.
- Me encantaría.

Pasearon por las calles de Londres como dos turistas sin prisa alguna. El ritmo del mundo parecía no provocar efecto en ellos. Todos corrían, todos miraban el piso o el reloj en sus muñecas. En cambio, la pareja de jóvenes se deslizaba sobre la acera como si tuviesen el derecho gobernante de hacerlo. Harry le contó de sus viajes, Hermione de sus labores de doctora novata. En uno de los parques más frecuentados de la ciudad, tomaron asiento sobre la hierba para seguir charlando cuales mejores amigos de toda la vida. La confianza que él generaba en ella no se pagaba con nada. Nunca fue fanática de las fotografías, pero su actividad artística le llamó mucho la atención. Harry aprovechó ese momento para extraer su cámara del bolso que siempre llevaba consigo por si aparecía un momento divino. Hermione se negó, pero luego de tal insistencia de alguien que admira una pieza de museo, ella dejó fotografiarse sonriendo débilmente hacia el lente. Harry bajó un momento la cámara de su rostro para admirarla en silencio por unos segundos.

- Eres hermosa- la aludida se enrojeció como si la hubiesen insultado.
- No digas tonterías.
- Cuando se trata de belleza, nunca miento.

Fue una tarde perfecta entre dos desconocidos. Ninguno sabía el apellido del otro pero no les importó, nada más les bastaba saber que estaban allí, vivos, con sueños, anhelos, miedos y valores. Harry no se atrevía a tocarla. No deseaba romper su finura con un sacrilegio. De pronto, como si el cielo rompiera a llorar sin consuelo, la lluvia se dejó caer sobre ellos. Se levantaron del césped y corrieron buscando un lugar en donde resguardarse. Las gotas caían por sus cuerpos siendo una bendición que los bautizó en su amor incierto pero ya verdadero. Se refugiaron en el techo sobresaliente de una tienda comercial. Reían como niños sorprendidos mirándose intensamente. La risa se transformó poco a poco en una mirada elocuente. Fue entonces donde Harry decidió irrespetar la distancia y le apartó un mechón mojado de cabello que caía por su frente. Hermione creyó que se desvanecería. Se besaron, con el ruido de la lluvia susurrante a su alrededor, con la gente apresurada bajo sus estorbosos paraguas pasando por su lado. Nadie atiende a los amantes cuando se está apurado. Harry sintió su boca tibia bailando con la suya. Nunca había besado a alguien así, con tal entrega y casi gimió del placer; ella, en la misma cadencia, consumió su esencia acaparándolo egoístamente.

Cayeron enredados en la cama de la joven en su departamento en el centro de Londres. No cabía lógica, ni mediciones, ni prohibiciones… a la mierda la consideración y la prudencia. El corazón de Hermione le brindó indulgencia para poder amarlo como lo quería. Latía sincero, latía lo necesario para dejarlo entrar y dejarlo salir de ella sin miedos. Harry abandonó su espíritu sobre ese colchón, esparciéndose por cada rincón con una seguridad intimidante, casi surrealista. La vio danzar entre sus brazos y agradeció a la vida darle la oportunidad de conocer la gloria entre sus piernas. La oyó gemir despacio, como una gatita arrullada y la apretó contra su pecho. Supo de inmediato que nada valía la pena si ella no estaba a su lado. Luego de estallar en retozos interminables y caricias extendidas, se quedaron dormidos, enredados uno con el otro como una versión erótica de Picasso. Inexplicable. Hermione despertó, lo besó en sus labios hinchados y caminó envuelta en una sábana para admirar las fotografías que se desperdigaban sobre una gran mesa de madera blanca. Harry salió de su ensueño mirándola desde la cama. No podía creer su inmensa suerte. Se apresuró en armarse con su cámara y desde donde estaba, la fotografió un par de veces más. La castaña rió. Con ese hombre ella podía ser natural y verdadera como nunca lo había sido antes.

- ¿Quieres posar para mí?
- Lo he hecho desde que nos conocimos, pero no lo sabía entonces- le reprochó la muchacha.
- Te veías bellísima bailando sola.
- Eso lo dices porque eres un voyerista disfrazado de fotógrafo- bromeó. Harry lanzó una carcajada.
- Dices lo que sea con tal de no verte a través de mis ojos.- ella no pudo responder a eso y guardó silencio dándose por vencida.

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Las semanas pasaron velozmente. Harry y Hermione se habían unido a tal punto de adivinar sus pensamientos antes de siquiera traducirlos en palabras. Los padres de la joven estaban angustiados. Aunque su hija estuviese al fin enamorada y eso les ayudaba un poco en su tristeza de saberla delicada, no sabían qué podría ocurrir de allí en adelante. El moreno aún no se enteraba de su condición y cada vez que le mencionaban el tema a Hermione, ella caía en un ataque de mal humor avasallante. Era un asunto tabú. La entendían pero no dejaban de preocuparse. No era algo que se debía ocultar por mucho tiempo, su condición era de especial cuidado debido a su muy peculiar tipo de sangre, eso hacía su lista de espera por un órgano mucho más extensa. Dumbledore estaba intranquilo. Sabía lo que sucedía en la vida de Hermione y no quería que sufriera de más. Tenía que decirle a Harry o las consecuencias serían desastrosas si algo le pasaba. Las arritmias habían dejado su constancia pero estaban latentes, como fantasmas ocultos en los recodos de una casa embrujada. Por otro lado, Sirius estaba a la defensiva. No entendía ese amor radical que los había atacado de manera impulsiva. Su presentimiento de que todo aquello no terminaría bien le quitaba el sueño por las noches. No quería que su ahijado derramara más lágrimas de las que ya había volcado por Lily y James.

- Estoy feliz, ¿Por qué no comprendes?- le replicó Harry en una de sus pláticas.
- Sólo estoy protegiéndote. ¿No crees que todo esto es muy precipitado?- aquella pregunta no cabía en su cabeza. Buscó la forma de explicarle, una forma argumentativa pero finalmente sólo lo resumió en pocas palabras.
- La amo, quiero estar con ella siempre- confesó y Sirius se conmovió.
- Lo sé… por eso te digo que vayas con calma.

No obstante, el peor temor de Hermione se habría de concretar. Una noche, cuando Harry la invitó a cenar, entre conversación y copas de vino la falta de aliento comenzó a atormentarla. Testaruda como ella sola, la joven aguantó y disimuló lo más que pudo, hasta que el calor se reflejó en sus mejillas y el sudor bañó su rostro. El dolor en su pecho se incrementó poco a poco y el ojiverde notó que algo andaba mal en ella. La castaña dejó caer su tenedor para llevarse la mano al pecho. El ruido de los cubiertos atrajo las miradas del resto de los clientes y la noche se volvió más oscura. Harry abandonó su silla para atenderla y el verla asustada, jadeante, derrumbó sobre su cabeza el techo de aquel restorán. “Aguanta, mi amor”, le dijo. La llevó a urgencias en la carrera de taxi más larga de su vida. Hermione le dijo que le llevara unas pastillas que llevaba en su bolso a la boca. Así lo hizo él y luego leyó la etiqueta. Un medicamento para la falla cardiaca. No podía creerlo. Con los labios apretados le besó la frente mojada sin saber si llorar o molestarse.

Una vez en el centro asistencial, el muchacho fue obligado a esperar en la sala mientras la atendían, casi a empujones. Entre el desorden de los pasillos, Dumbledore junto a Minerva McGonagall llegaron gracias al aviso del jefe de turno que conocía de su experiencia en el área. El anciano entró a Cuidados Intensivos, mientras que la doctora se quedó con Harry, quien estaba sobresaltado y casi incontrolable. Después de unos minutos eternos, los padres de Hermione y sus amigas habrían de llegar al recinto, avisados por los médicos. El moreno no sabía qué demonios estaba sucediendo… ¿Acaso sabían algo del que no estaba enterado? Al cabo de un rato, el mismo Albus Dumbledore habló con el muchacho lejos de los oídos ajenos. Caminaron hacia los pasillos internos del hospital buscando distancia.

- ¿Ella no te ha dicho nada de su afección?
- ¿Afección?- recalcó Harry con la voz temblorosa del pavor- ¿De qué afección me habla?
- Hermione sufre de Cardiomiopatía- ese nombre no significó nada para el joven, quien se quedó casi impertérrito- Es una anomalía cardíaca grave. Ella necesita un nuevo corazón o morirá.

Eso fue todo. El moreno pudo sentir cómo le arrancaban la carne de los huesos. Las rodillas le flaquearon y mordió sus labios para retener el llanto donde pertenecía, en su interior. El pasillo se le hizo pequeño de un segundo a otro y tuvo que sentarse. Entrelazó sus dedos con fuerza buscando un dolor superior al que estaba sintiendo sin lograrlo. Se encogió, aterrado. Negó con la cabeza una y otra vez. Fue como si tuviese al destino parado enfrente y le restregara en la cara su desacuerdo. Pasaron cerca de tres horas hasta que por fin dieron noticias del estado de Hermione. El facultativo dio tranquilidad a los presentes diciendo que ya habían regulado sus latidos y estaba siendo monitoreada con lo último en tecnología médica. La arritmia no había sido severa. Ginny y Parvati se abrazaron, mientras que Harry sintió que su alma volvió a él tan violentamente que se mareó. Bajo orden médica sólo podían entrar por turnos para no sobreexcitarla. Los primeros en entrar fueron los padres, quienes después de volver de su seminario se habían informado que ya había sucedido un incidente parecido poco antes. Cruzando el umbral vieron que Hermione estaba enterrada en la camilla. Miraba hacia la ventana con tal abandono que parecía una figura de porcelana. La madre se acercó y la besó con lágrimas en los ojos. No podía con el dolor de no poder aliviarla, de no tener la virtud de cambiar el curso de los acontecimientos. El padre se quedó un poco más atrás sin evitar el dejo de molestia que sentía hacia su hija. Aquella personalidad auto suficiente en ella comenzaba a alterarlo. La muchacha era muy terca. Siempre mostró rechazo hacia las consultas médicas y resultaba irónico, ya que era una doctora talentosa. ¿Por qué no se preocupaba de sí misma como se preocupaba de los demás a su alrededor? No era consecuente.

- Estoy bien, papá. Sólo fue una descompensación.
- No me vengas con tonterías, Hermione- le replicó con el ceño fruncido- Albus ya habló con nosotros. Nos dijo que te volvió a suceder hace unas semanas atrás mientras estábamos fuera.- la joven rodó sus ojos sintiéndose traicionada por el anciano.
- Soy fuerte, podré con esto.- insistió ella. Su madre sollozó.

De pronto, la figura de Harry apareció en el marco de la puerta. Pálido y sombrío como alma en pena. La castaña al verlo, inmediatamente se le vino a la mente el recuerdo de cuando lo vio por primera vez en la escuela de danza. Comprendió que lo amaba, para bien o para mal. Le sonrió de forma animada para que no notara el agotamiento que sentía en su cuerpo. Él no se la regresó. Los padres de Hermione se despidieron de ella con besos en su frente y salieron para darle la oportunidad al chico de hablar con honestidad. No obstante, éste no se movió de donde estaba. Tenía los hombros caídos y el ceño fruncido. Pareció haber envejecido veinte años en pocas horas. La joven estiró una de sus manos hacia él y eso lo alentó a acercarse con las rodillas de lana. Se sentó a su lado observándola en silencio. Hermione quiso pedirle perdón por ocultarle lo más importante de su propia vida pero no pudo hablar. Comenzó a llorar. Harry le secó las lágrimas con sus pulgares para luego acunar su rostro entre el hueco de sus palmas.

- ¿Por qué no me lo dijiste?
- Porque si lo decía en voz alta el sueño que vivo contigo se convertiría en una pesadilla.- el moreno apretó su mandíbula en un gesto de impotencia. Sentimiento que detestaba con cada célula de su cuerpo. La besó despacio en los labios.- ¿Qué pasará ahora, Harry?
- Te quiero conmigo… - afirmó. La castaña sonrió dejando caer las lágrimas que aún colgaban de sus ojos. El moreno buscó su mirada tornándose mucho más serio. Sin medir consecuencias, se lanzó al vacío- ¿Quieres casarte conmigo?- era lo más descabellado que Hermione pudo haber escuchado. Sólo había pasado un mes desde que se conocieron, nadie apoyaría tal decisión, mucho menos con la sentencia que les pisaba los talones, el incierto futuro que los esperaba. Sin embargo, la joven lo amaba. Cogiéndolo también del rostro con suavidad, le respondió.
- Sí… por supuesto que quiero- y supo que desde ese momento todo dependía del destino...

domingo, 27 de febrero de 2011

Bienvenidos

Hola chicos, bienvenidos a este blog puramente dirigido a nuestra pareja favorita. En vista de que el foro va y viene como se le place, he decidido crear este espacio para subir las historias que ya conocen y otras que conocerán. Gracias por leerme, por acompañarme desde hace tanto tiempo. Un beso enorme y espero que la lectura sea de su agrado. Abriré este blog con un clásico de San Valentín, ¿de acuerdo? A ver si se acuerdan…

Azucenas

“Azucenas”

(Una noche lo cambia todo)

Ese abundante aroma a rosas provocaba que la cabeza del muchacho diera vueltas como una noria. Sus manos sudaban estrujándolas con impaciencia mientras que dentro de esa iglesia, todos esperaban la llegada de la novia. Harry paseaba su vista por la infraestructura colonial deseando que ese altísimo techo cayera sobre él partiendo cada hueso de su cuerpo y morir allí mismo. Sin embargo, el maldito lugar parecía sólido a pesar de su apariencia desgastada. Esas rosas… cómo se notaba que el novio del año no conocía para nada a la persona con la cual esperaba pasar el resto de su vida… a Hermione no le gustaban esas flores…

- Si alguien quiere encantarme en verdad, debe regalarme azucenas- comentó la castaña descuidadamente y Harry no entendió por qué esas palabras no abandonaron su mente atiborrada de otros pensamientos.

Ambos caminaban por las frías calles de un Londres invernal. No se habían visto en semanas. Ella y su actual novio, un renombrado periodista de “El Profeta”, habían regresado de un viaje hacia el Medio Oriente por motivos de trabajo del joven reportero, donde ambos consagraron una atracción que por algún tiempo manejaba sus actitudes. El ojiverde se había acostumbrado a que su mejor amiga estabilizara su vida compartiendo una relación seria. Hasta Ron lo había hecho con Luna Lovegood, quienes se habían casado al poco tiempo de salir de Hogwarts asombrando a todos.

- ¿Pero Patrick no te las ha regalado?- preguntó Harry saliendo de sus cavilaciones.

- No… creo que no ha entendido mis indirectas todavía.

El muchacho sonrió. Casi maliciosamente se alegró de la personalidad despistada de ese tipo y que no supiera cómo sorprender a la mujer a su lado. Harry no era un donjuán como para presumir experiencia, pero después de la escuela había tenido suerte con las chicas. Conoció el mundo femenino en diversos ángulos, supo cómo hacerlas estremecer sin mucho esfuerzo, cómo recorrerlas, cuándo continuar, cuándo detenerse, cuándo acelerar… ese universo entre las piernas de una mujer era tan exquisito que podía arrancar placeres sólo de memoria.

Los jóvenes tomaron asiento en una de las cafeterías que más frecuentaban para ponerse al tanto de los recientes sucesos de cada uno. El ojiverde aprovechó ese instante para admirarla mientras hablaba, el movimiento de sus manos, su sonrisa, sus ideas apasionantes y la locuacidad que la destacaba. Su mejor amiga había regresado más hermosa de lo que jamás imaginó sintiéndose afortunado de tener a su lado semejante mujer.

- Deberías hablar con él de asuntos como aquellos en vez de insinuarlos- sugirió Harry tras un sorbo de su café negro.

- Ya habrá tiempo para eso- contestó Hermione con una mirada divertida- a una mujer le gusta que la sorprendan.

- Sí, pero a veces nosotros nos hallamos desarmados cuando no entendemos lo que quieren ustedes- la castaña se conmovió ante tal revelación y sonrió.

- Bueno, cuando se formaliza una relación como la que tendré con Patrick, se necesita descubrir algunas cosas sin la necesidad de preguntarlas- el muchacho frunció en ceño dejando a un lado su taza humeante.

- ¿La que tendrás?- la castaña asintió escogiendo las palabras para luego emitirlas.

- Estamos comprometidos en matrimonio, Harry- confesó después de un pícaro guiño hacia su mejor amigo…

Al recordar ese preciso episodio, el moreno no pudo más que menear la cabeza ligeramente sin poder creer lo que estaba pasando. Aún esperaba que esa catedral de mierda cayera sobre él pero la vida se estaba encargando de que lo viviese todo, lo sintiese todo. Su maldito traje le estrangulaba el cuerpo, pensó que sus extremidades, su torso, su abdomen, se habían hinchado de un dolor retorcido, un dolor asfixiante. Paseó la vista por su entorno pensando que todas las miradas estaban sobre él, compadeciéndolo, reprochándole por estar allí como un masoquista de quinta categoría. Ron, el leal pelirrojo, quiso posar su mano sobre el hombro del ojiverde pero no lo consiguió. Aquel semblante derrotado daba la impresión de que se rompería en mil pedazos con sólo ser tocado. Desde el altar, Ginny observaba a Harry con ojos turbios de lastima. A la espera de la novia, la chica Weasley jugaba con el ramo de madrina entre sus manos, quería hacer algo para detener aquella locura, la voz golpeaba las paredes de su garganta deseando salir pero no podía, no debía, no era su tarea… “Por favor, Harry… no te quedes allí, evítalo”, pensaba la joven mientras que el sacerdote tomaba lugar ordenando sus artículos religiosos sobre la blanca mesa…

Una carta traída por Hedwig despertó a Harry de un sueño reparador. El picoteo en el vidrio de una de sus ventanas lo hizo sobresaltarse y abrió el marco de mala gana para que la blanca ave dejara el sobre en sus manos y luego se fuera a cazar como todas las mañanas. La carta tenía la delicada caligrafía de Hermione. El joven la abrió tratando de espantarse la modorra que aún lo mantenía algo aturdido y sacó del interior el trozo de pergamino para leerlo:

“Harry:

Necesito que me acompañes al Callejón Diagon para hacer unas compras. Ginny tuvo que trabajar así que no podrá acompañarme. Pensaba que fuésemos con Ron también, para recordar viejos tiempos. ¿Qué te parece? Te espero entonces en la tienda de Madame Malkin.

Un beso, Hermione”

El ojiverde sintió fastidio al imaginarse haciendo las compras para una boda. Verse a sí mismo vistiendo un traje elegante lo transportó a la noche del baile de navidad en cuarto año de Hogwarts. Resopló su hastío y sólo impulsado por su cariño hacia la castaña, se alistó para ir a su encuentro.

La tarde fría azotó el rostro de Harry provocando que el viento helado sonrosara su nariz y le lagrimearan los ojos. Al aparecer en el Callejón Diagon, muchos recuerdos de adolescencia lo invadieron pensando que tal vez no fue tan mala idea la invitación de Hermione. Se detuvo unos momentos frente a una vitrina que exponía una nueva versión de la clásica Saeta de Fuego y la expresión de Harry cambió a una muy parecida a la de un chiquillo entusiasmado. Caminó con soltura hasta la tienda de Madame Malkin reparando que estaba atiborrado de túnicas de gala y vestidos para todo tipo de ocasión tal como decía su slogan. Miró al interior para ver con gozo que su amigo Ron ya había llegado. Tenía el mismo semblante de aburrimiento que esperaba, al parecer estaba esperando a Hermione teniendo entre sus brazos varias bolsas con diversas compras ya efectuadas.

- Veo que no somos del tipo consumidor ¿verdad, amigo?- saludó Harry. El pelirrojo se volteó al oír su voz sonriéndole con alegría.

- Qué bueno que llegaste… Hermione entró a ese probador y no ha salido desde hace un buen rato- comentó tedioso.

- Bueno, hay que entenderla ¿no?... es su boda- le resultaba extraño decir eso. Luego de que la muchacha le hubiese dado aquella noticia, los días pasaron como un suspiro desde entonces y era casi irreal para el ojiverde todo lo que estaba pasando. Era como despertar de un sueño eterno a los diecisiete y verse de repente con más de veinte. Estaban madurando, estaban cambiando definitivamente.

- ¿Ves, Ronald? Deberías aprender de nuestro amigo a ser tolerante- espetó la voz segura de Hermione mientras descorría la cortina del probador para salir de él.

Harry quedó boquiabierto. Jamás pensó que su mejor amiga saldría vistiendo el hermoso traje de novia que llevaba. El escote clásico que realzaba la curvatura de sus senos, era un verdadero tobogán por el cual viajó su cordura sin ningún tipo de freno. La caída del delicado género destilaba las ansias de un joven embelesado y los rizos definidos de esa cascada castaña se encargaron de enredar su loca atención. Hermione se sintió algo inhibida por la mirada de sus dos amigos, y recriminándose casi de inmediato bajó el rostro encendido por la vergüenza.

- ¿Qué les parece?- preguntó con un hilo de voz. Harry abrió su boca un par de veces pero no logró unir dos palabras congruentes.

- Te ves bellísima- dijo por fin Ron, compensando el tenso silencio que se elevó sobre ellos.

- ¿Harry?- quiso saber la joven, pero el ojiverde seguía sin poder siquiera tragar su saliva.

- Creo que mi elocuente amigo lo ha dicho todo sólo con ver su cara- bromeó el pelirrojo palmoteando la espalda de Harry como esperando que al hacerlo escupiera alguna sílaba. La castaña sonrió y al ver que no conseguía respuesta de su amigo volvió sobre sus pasos hacia el probador para cambiarse.

Fue el momento más extraño para el muchacho… ¿Qué demonios había sido eso?, ¿Desde cuándo Hermione lo dejaba sin aliento?... una alarma sonó en su cabeza como campanadas de medianoche y sintió escalofríos. Algo no andaba bien…

Los recuerdos bombardeaban al joven sentado en el extenso banco de la iglesia. Se sentía bajo el fuego en una guerra sin cuartel donde no tenía armas ni banderas. La mirada de Ron, teñida de angustia, sólo logró ponerlo de peor humor… “¿Por qué mierda sigo sentado aquí?”, se preguntó amargamente. Tal vez esperaba un milagro, una eventualidad, un momento de conciencia en aquella castaña testaruda que tanto llegó amar. Aflojó un poco el nudo de su corbata al rememorar esos instantes que la oyó gemir, que pudo recorrerla por cada trozo de esa piel perfecta, que pudo sentir sus uñas enterradas en la espalda deshilachando su espíritu para volver a tejerlo, una y otra vez.

De pronto, el novio hace su aparición ceremonial en el altar estirando su esmoquin ansiosamente. Harry lo miró con el más venenoso de los odios creyéndose capaz de retorcerlo a hechizos imperdonables. Apretó sus puños tratando de serenarse pero no lo conseguía, su corazón ya estaba sangrando sin parar…

El día de San Valentín era un día que más que hacer honor al amor se rendía tributo a los bolsillos de los enamorados. Ron y Luna se habían atrincherado en su departamento para pasar la fecha sin interrupciones, Ginny por otro lado, había salido con su última conquista a beber unos tragos en un bar de Londres y Harry dirigió su gusto hacia un restaurante francés acompañado de una chica que había conocido pocas semanas antes.

El ojiverde no había tenido noticias de Hermione. Supuso que haría lo mismo que Ron, encerrarse en su departamento para ensayar la noche de bodas con suma tranquilidad. Al pensar en ello, no pudo evitar sentir celos lacerantes en el pecho. Sin embargo, no quiso darle tiempo a la cabeza para pensar qué significaba por lo que cogió su abrigo y salió de Grimmauld Place a paso apresurado.

La luz del centenar de velas que iluminaban el restaurante enmarcaba un estereotipo que a Harry divirtió con la misma ironía conocida de los desprendidos. El joven nunca había estado enamorado, no sabía lo que era ese latido poderoso que estremecía el cuerpo por completo ni de ese desequilibrio interno que descolocaba hasta los puntos cardinales. No obstante, allí estaba. Sentado en una mesa para dos frente a una muchacha que sólo le atraía. Mientras leía la carta para escoger uno de los mejores vinos recomendado por su amigo Hagrid, la fuerza del presentimiento lo obligó a alzar la mirada para encontrarse con una miel que recién llegaba. Harry, al ver que su mejor amiga hacía entrada al local, notó que hasta la música de ambiente sonaba lejana, confusa… el estómago se le encogió de aprensión al admitirlo.

- ¿Sucede algo?- le preguntó la joven invitada.

- No, nada… todo está bien- contestó rápidamente el ojiverde y saludó con una sonrisa a Hermione, quien ya había reparado en su presencia.

La castaña tomó lugar a unas mesas de distancia sentándose con la elegancia que tanto se le conocía. Harry la observó en todos sus movimientos enojándose consigo mismo de la distracción que ella significaba. Vio cómo Patrick le besaba las manos enarcando una ceja de manera instintiva… “¿Qué tiene de malo?”, se preguntó… “Es su novio, lógicamente debe comportarse así”

Las palabras de su pareja ni siquiera entraban por sus oídos cuando ésta le conversaba, en cada cierto bocado o trago Harry desviaba su mirada hacia los tórtolos sin saber por qué esa mano sobre la de su amiga le molestaba tanto como el zumbido de las moscas. La imagen de Hermione en su vestido de novia se repetía en su memoria tantas veces que hasta había perdido su color original y agregaba instantes que jamás habían pasado, como el hecho de visualizarse besando esos hombros descubiertos.

- ¿Me esperas un segundo? Voy al tocador- dijo su acompañante arrancándolo de cuajo de su ensimismamiento.

- Por supuesto- balbuceó Harry y la joven se retiró perdiéndose por el largo pasillo.

No obstante, no fue el único que se había quedado solo en la mesa en ese instante. Patrick recibió un mensaje de uno de los garzones lo que por lo visto resultó ser muy importante. La mirada del joven reportero cambió drásticamente y se levantó de su asiento como si su vida dependiera de eso. Se dirigió a Hermione en breves palabras, la besó en los labios de forma fugaz y cogiendo su saco de la silla salió casi corriendo del restaurante. Harry frunció el ceño al ver esa escena reparando que la decepcionada expresión de su mejor amiga ensartaba miles de agujas bajo su propia piel. No lo pensó siquiera un minuto y fue hasta ella sintiendo que cada paso retumbaba en su interior. Hermione lo miró sentarse enfrente sin cambiar mucho su semblante, se observaron por unos segundos en silencio hasta que el ojiverde rompió la pausa.

- ¿Estás bien?- la castaña asintió mirando la vela entre ellos.

- Sí, estoy bien… no te preocupes.

- ¿Segura?

- Sí… sólo que no me acostumbro todavía al trabajo de Patrick- comentó apesadumbrada- ya sabes lo que dicen, las noticias no descansan.

- Lo sé, pero es San Valentín, debería hacer una excepción… no todo es trabajo- Hermione lo observó como si repasara lo dicho por su amigo con detenimiento.

- Veo que estás bien acompañado esta noche- desvió el tema alzando sus cejas insinuantemente. Harry se sintió sonrojar- por lo menos uno de los dos lo pasará bien hoy.

- No digas eso, tu noche puede mejorar- supuso el joven encogiéndose de hombros- Tal vez Patrick te sorprenda ahora con azucenas.

- Lo dudo mucho, Harry- sentenció la castaña con tal convicción que el muchacho pudo ver en ella un concreto hastío- Será mejor que vuelvas, tu cita viene de regreso. Nos vemos después.

Y con eso, la joven se incorporó de su asiento saliendo del restaurante. Harry la siguió con la mirada deseando con todas sus fuerzas hacerle compañía, la amistad lo espoleó duramente sabiendo que era su responsabilidad asegurarse de que se encontrara bien. Su cena terminó sin sobresaltos, la comida en el paladar del ojiverde resultó lo más insípido que había probado en su vida. Entendió que en medio de su garganta sólo degustaba la preocupación por Hermione. El muchacho notó que su conquista deseaba que la noche no acabara allí pero no pudo seguir con su plan. Pagó la cuenta, llevó a la chica hasta su casa y sin perder el tiempo volvió sobre sus pasos.

Una idea rondaba su cabeza, no sabía si concretarla o no, pero al pasar frente a una floristería supo que no era pura casualidad. Rebuscó en los bolsillos de su pantalón dinero muggle comprando el mejor ramo de azucenas blancas para su mejor amiga. Guardó el recibo en su abrigo y le agradeció al vendedor con un alegre gesto en su rostro. Admiró las flores entre sus brazos reparando que estaban pintadas con la personalidad de la castaña, sin duda alguna eran su tipo. Se dirigió al edificio donde vivía Hermione casi por inercia, no necesitó desaparecerse ni volar hasta allí, caminar por las calles húmedas consiguió llenarle los pulmones de renovado aire y ordenar sus enloquecidos pensamientos.

El iluminado pasillo del cuarto piso resaltaba los retratos colgados por doquier. La alfombra que vestía el suelo de un color carmesí combinaba a la perfección con la tonalidad madera de la puerta en la que Harry golpeó un par de veces. Los escasos segundos que Hermione tardó en abrir, el ojiverde se sorprendió las rodillas temblorosas, y cuando quiso retroceder ya era demasiado tarde.

- ¿Qué estás haciendo aquí?- preguntó la joven sonriendo- ¿Y esas flores tan hermosas?- Harry tragó saliva sin entender sus nervios excesivos.

- Son para ti- contestó como un reflejo. La mirada de la castaña destelló de la impresión y las recibió entusiasmada.

- ¿Me las obsequias tú?- quiso saber Hermione consiguiendo que por la cabeza del muchacho viajaran miles de reproches hacia sí mismo. El arrepentimiento mordió su compostura y suspirando profundamente dijo algo que no esperaba decir.

- No, vine a verte y el portero dijo que te las dejaron en recepción- la chica frunció el ceño buscando alguna tarjeta entre las azucenas sin hallar ninguna- seguro Patrick buscaba encantarte después de lo del restaurante- Hermione no se mostraba muy convencida haciendo que el ojiverde se removiera de incertidumbre.

- Parece que sí entendió mis indirectas después de todo ¿eh?- dijo la castaña finalmente invitando a su amigo a pasar.

- Así parece… te dije que tu noche mejoraría de algún modo- ella asintió contenta y llevó el ramo hasta un jarrón con agua.

Harry no pudo evitar sonreír al ver los anaqueles en las paredes. Se notaba que era el hogar de Hermione Granger porque se encontraban atiborrados de libros de todo género. El joven se detuvo un momento frente a ellos leyendo los títulos ordenados alfabéticamente. Se imaginó sacando un libro de su lugar y el enfado que su amiga tendría por corromper su santuario. Se alegró de que algunas cosas no cambiaran en nada.

- No he tirado ningún ejemplar que nos hicieron adquirir en Hogwarts- dijo Hermione a sus espaldas ofreciéndole una copa de vino tinto.

- Sabía que no lo harías- respondió Harry aceptando el licor y bebiendo un trago. La mirada de la castaña estaba invadida de algo que parecía introspección, observaba la copa en su mano lo que provocó en el ojiverde una suma curiosidad- ¿Estás nerviosa por tu boda?- Hermione lo miró asintiendo.

- Queda menos de una semana… no creo que en mi vida haya estado más nerviosa- al terminar de hablar su ceño cambió a uno más incierto- ¿Qué haces aquí, Harry?... ¿Qué fue de tu cita?- el muchacho se tornó incómodo. No supo qué contestarle. El amigo en su interior le soplaba la respuesta más sencilla pero ese nuevo personaje creciente en su pecho lo torturaba para que probara esos labios aunque fuese por una sola vez. ¿Qué mierda le estaba pasando?

- Sólo quería asegurarme de que estuvieses bien- se mordió la lengua tratando de calmarse.

- Ahora lo estoy- dijo mirando el ramo de azucenas a su costado…

Harry se removió sintiendo el olor de las rosas más espeso aún. El sacerdote encerraba la Biblia entre sus manos seguramente repasando su discurso adaptando sólo los nombres de los novios como un patrón establecido. Los ojos azules de Ginny lo observaban con insistencia leyendo a la perfección la suplica que esbozaba en su ceño. El orgullo pudo más. Recordar lo que había pasado esa noche de San Valentín, los siguientes días sin saber nada de Hermione y estaba allí, dentro de una iglesia esperando presenciar el peor castigo para un hombre enamorado. No podía hacer más. Hasta ese mismo momento, Harry no supo por qué no le había dicho que el detalle de las flores había sido suyo. Fue patético mentir de esa forma para que su mejor amiga se sintiese mejor… ¿Y qué hay de él?... Caía en el fondo de un abismo tan profundo que la sensación de vértigo ya se había apoderado de todas sus emociones. La punzada aguda en el centro del pecho le quitaba el aire y antes de ahogarse completamente, tomó su abrigo y se incorporó del banco bajo la mirada de todos los invitados. Ron ni siquiera hizo el ademán de detenerlo a diferencia de Ginny, quien dio un paso adelante pero se contuvo, no podía abandonar su lugar.

El ojiverde caminó atropelladamente por el pasillo hasta las pesadas puertas de encina, huyendo de ese religioso escenario como un demonio. Oyó algunos cuchicheos a su paso pero no pudo importarle menos. Se colocó el abrigo al reparar que la lluvia azotaba las avenidas y el agua sobre su cabeza le refrescó las ideas y revivió los recuerdos…

- Me alegra que las flores te hayan animado- dijo Harry tratando de sonreír.

- Hagamos un brindis- propuso la castaña alzando un poco más su copa.

- Por tu boda…- Hermione negó con la cabeza al oírlo.

- Ya tendremos ocasión para eso- dictaminó descuidada- Por nosotros, por los años que han pasado y seguimos juntos- el muchacho se perdió en el cielo miel de su mirada escuchando esas palabras como música. Ambos bebieron del vino absorbiendo ese sabor inigualable a uva y tierra observándola de una forma profunda, diferente.

Hermione lo percibió al instante. Ese chico frente a ella jamás la había mirado con esa expresión tan difusa. La castaña siempre de jactó de conocer muy bien a su amigo pero esa fue la primera vez que no pudo descifrar lo que estaba pensando. Al sentirse completamente estudiada por Harry se acercó a los libros con una sensación extraña en medio del pecho… el ojiverde notó ese cambio en la castaña, reparó que rehuyó su mirada y eso encendió dudas en él, miles de preguntas que prefirió seleccionar para no agobiarla.

- ¿Estás enamorada de Patrick?- Hermione frunció el ceño sintiéndose ofendida.

- ¿Perdón?

- Que si estás enamorada de Patrick- repitió Harry.

- ¿Por qué me preguntas eso?- contraatacó ella dejando más en claro que estaba tardando mucho en responder algo tan sencillo.

- ¿Por qué reaccionas así?

- Porque es una pregunta innecesaria… es muy obvia la respuesta.

- La cual es…- Hermione suspiró profundamente y asintió.

- Sí, claro que sí- el muchacho le lanzó un gesto de incredulidad. No creyó ni por un momento esa respuesta tan débil, tan etérea.

- ¿Estás segura?

- ¿Por qué insistes?- preguntó la joven con tono molesto.

- Porque es importante saberlo… vas a casarte con él, Hermione- dictaminó Harry sin pasar por alto la incomodidad que ella reflejaba- me preocupo por ti… eres mi mejor amiga y… te quiero… mucho…- la castaña mordió sus labios sabiendo que era una de las pocas veces que oía al ojiverde decir eso.

La joven respiró entrecortado tratando de serenarse. Rompió la distancia que los separaba y abrazó a Harry sorprendiéndolo completamente. Él, de forma muy torpe, acarició su suave cabello marrón delineando sus delicados rizos. No podía calmar los latidos bruscos de su corazón pensando que Hermione podía oírlos sin problemas. De pronto, su resistencia no pudo más. Como quien está al borde de un precipicio mirando el vacío se lanzó impetuosamente alejándola un poco de sí para buscar sus labios. La chica tragó saliva ante lo que estaba pasando.

- ¿Qué estás haciendo?- musitó frágilmente.

- No lo sé- dijo él temblando de anticipación.

- Voy… voy a casarme, Harry.

Esas palabras se esfumaron tan rápido como la brisa leve en un desierto. El muchacho rozó su boca contra la de ella degustando ese instante lo más que pudo. El poco tiempo que vivió en una encrucijada, sin entender lo que pasaba con él fueron como siglos eternos, los recuerdos de los años de amistad fueron acentuados por el nuevo sentimiento que lo invadía. Se preguntó si siempre había sido sólo un amor fraternal entre ellos, porque en esos precisos momentos parecía ser que no. Todo estaba de cabeza. El beso que profundizó Harry acercándola por la nuca, lo desestabilizó sin remedio. La castaña dejó que jugase con su lengua acaparando todo en su interior, comprendiendo que la química que existía en ambos se complementaba a la perfección como siempre había sido. La espalda de Hermione se encontró con la repisa de sus libros y eso la hizo liberar un gemido ahogado. Quiso alejarlo, intentó apartarlo empujándolo levemente pero Harry no se movía ni un centímetro. Sus manos pasearon por su cintura, caderas y muslos descubriendo a su mejor amiga de otra manera. Hermione, con movimientos descontrolados, le quitó el abrigo dejando que cayese al suelo descuidadamente. No sabía lo que estaba haciendo, no podía pensar, no podía razonar con la mente fría que la destacaba tanto… pero comenzaba a importarle un carajo, sobretodo cuando sentía al muchacho tantear su cuello con los labios, eso la estremeció apretando sus manos.

Harry se separó de ella un poco mirándola a los ojos. Se veía tan distinta. Sin embargo, era ella, la castaña que tan importante se había convertido para él. Hermione buscó su boca casi con hambre y se dejó llevar por el muchacho hacia la habitación, testigo de noches y cómplice de ese arrebato. Cayeron abrazados al colchón desvistiéndose con paciencia, recorriéndose milímetro a milímetro hallando puntos que jamás pensaron que serían explosivos. La muchacha gemía al sentir entre sus piernas el movimiento hipnotizante de su amigo dentro de ella. Empujando a veces con fuerza otras con suavidad, tocándola con desesperación otras con tranquilidad. Nunca antes se había sentido tan maleable entre los brazos de alguien.

- ¿Quieres que me detenga?

- No…- jadeó Hermione enterrándole las uñas en su espalda.

- ¿Te han hecho el amor así?- la chica apretó sus labios ebria de placer.

- No…- volvió a decir creyendo que los gemidos desgarraban su garganta.

- No te cases- pidió Harry- No te cases, por favor- La castaña envolvió su rostro en seriedad sin poder responderle.

El cosquilleo del orgasmo los atacó a ambos. El calor de sus vientres unidos calcinó toda razón y el ojiverde aceleró su ritmo oyendo con gusto cómo Hermione luchaba por no volverse loca de éxtasis. Al caer rendido a su lado, el sudor sazonó sus pieles encendidas y un nuevo temor abrigó a los jóvenes… las palabras que habían pronunciado quedaron prendidas del ambiente sin atreverse a decir nada más.

Harry despertó solo en esa cama a la mañana siguiente. Hermione al parecer se había levantado muy temprano y el ojiverde no pudo dejar de sentirse preocupado. Se vistió, cogió su abrigo desde una silla en la cual reposaba y salió del departamento. Fue extraño, fue como si la tierra se hubiese tragado a la castaña de un instante a otro. El muchacho dedicó el día en buscarla para hablar con ella pero no había rastro alguno después de aquella noche compartida. Se dirigió a todas partes, desde su trabajo en el Ministerio hasta explorar la remota posibilidad de que estuviese con McGonagall en su despacho. Nada. Hermione se había encargado de ocultarse a la perfección. Tanta fue la desesperación de Harry que todos a los que les preguntó por ella descubrieron ese brillo inconfundible de enamorado en sus ojos esmeralda. Sin embargo, no le importó, quería hablarle antes de que se cumpliera la fecha de su maldita boda que se acercaba peligrosamente.

- Debes calmarte, Harry- le dijo Ron mientras compartían una cerveza de manteca en Las Tres Escobas- Ya aparecerá y cuando lo haga conversan bien lo sucedido.

- No entiendes, Ron… su boda es mañana, no hay tiempo- pasó sus manos por su cabello tratando de pensar con claridad. El pelirrojo lo miraba apenado, sintiendo en su propio cuerpo el dolor tortuoso que lo estaba atacando. Nunca imaginó que ese ojiverde pudiese llegar a amar tanto a la mejor amiga de ambos.

- Tal vez debe estar considerando…

- No…- le interrumpió Harry con convicción- ella es así, testaruda… se casará de todos modos- el sorbo de cerveza le supo a cloro como también haber dicho aquello último. Ron se mostraba nervioso como si esperase verlo derrumbarse miembro por miembro… ¿Dónde mierda estaba esa muchacha?

- Ginny está preocupada por ti- comentó Ron mirando su vaso- cuando fuiste a preguntarle por Hermione dijo que parecías un loco…

- Todos lo han notado- dijo el ojiverde encogiéndose de hombros- no sé cómo pude enamorarme así...

- Una noche lo cambia todo, ¿verdad?- sentenció el pelirrojo palmoteando su espalda en señal de consolación…

De pie frente al espejo, el muchacho de cabello azabache se miraba vestido de traje oscuro como si no reconociese su propio reflejo. A pocas horas de la ceremonia, no pudo hallar a Hermione sintiendo su orgullo herido y sangrante… ¿Cómo pudo ser tan infantil?... huir de esa manera tan absurda. No obstante, a pesar de su rencor, de su miedo, fue hasta la iglesia para verla cometer esa locura.

Luego de haber pasado varios minutos sentado bajo las miradas inquisidoras de todo el mundo, salió del inmueble casi trastabillando en el momento en que el sacerdote repasaba algunas líneas de su perorata y la música comenzaría a sonar. No pudo más. La lluvia calmó un poco el calor de la rabia, sin dirección alguna se dirigió como alguien en trance a la misma cafetería en que se había reunido con Hermione, a la misma cafetería en donde ella le había dado la noticia de su futuro matrimonio, a la misma que frecuentaban. No supo por qué, pero llegó al lugar sin planearlo.

- ¿Qué se va a servir?- le preguntó la mesera.

- Un café negro, por favor- ordenó y la joven se alejó hacia el mesón.

Harry ni siquiera se quitó el abrigo empapado. No estaba de humor para cuidar de su salud así que su aspecto era el de un hombre derrotado. “¡Todo estaba bien hasta que la viste con otros ojos, carajo!”, se recriminó respirando profundamente canalizando su enfado. En esos precisos momentos debería estar diciendo “acepto” e imaginarlo fue peor que presenciarlo, su corazón había dejado de latir de la congoja.

De pronto, un papel reposó a su lado con la liviandad de un pétalo al viento. Su estómago se encogió y volteó para ver quien lo había dejado caer sobre la mesa. Hermione, con sus cabellos húmedos, estaba a su lado vistiendo un gamulán y vaqueros, aquello lo descolocó. El ojiverde trató de hablar pero la sorpresa le había quitado las cuerdas vocales, miró nuevamente el papel reconociendo el recibo de las azucenas que había comprado la noche de San Valentín.

- Deberías coser ese bolsillo de tu abrigo- dijo la castaña. El joven, instintivamente, introdujo su mano notando que efectivamente estaba roto. Se incorporó de su silla casi de un salto para estar a su altura.

- Pero… entonces… sabías que… lo sabías… ¿Por qué…?

- Gracias- dijo Hermione sin esperar que terminase su oración. Harry detuvo sus palabras perdiéndose en lo bella que se veía.

- No me agradezcas.

- Claro que sí- insistió ella- hiciste de mi noche de San Valentín una noche inolvidable- el ojiverde sintió ruborizarse. Olvidó por un instante que la castaña debería estar en la iglesia, casándose… en cambio estaba frente a él, empapada por la lluvia de invierno que azotaba Londres sin descanso. Recordar eso lo devolvió a la realidad- Y perdóname por haber desaparecido así… debía pensar.

- Pero… ¿Por qué estás aquí?- Hermione sonrió sabiendo muy bien a lo que se refería. Sin embargo, al igual que él no supo cómo había llegado hasta allá- Deberías estar casándote en estos momentos.

- Debería… pero algo pasó que me hizo reconsiderar- contestó sencillamente la muchacha guiñándole un ojo. Harry creyó que sus rodillas no soportarían su peso.

La joven restó la distancia entre ellos como un huracán encerrando al ojiverde entre sus brazos, fue un abrazo fulminante, famélico, de esos que funden las almas convirtiéndolas en una sola… de esos abrazos que sólo a él proporcionaba. Ese amigo al que tanto apoyó había desbaratado el castillo de naipes que era su vida. Primero con una simple pregunta, luego con una forma exquisita de hacerla vibrar y finalmente con un detalle que había escondido bajo el nombre de otro. Harry la besó deseoso recordando las palabras de Ron como un eco reiterativo… realmente una noche lo cambia todo.

.*.FiN.*.